Boxeo en el Retiro

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JUAN J. ROSA SÁNCHEZ

León para Jerez

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BOXEO EN EL RETIRO


Alguien de nuestra pandilla descubrió que había un exboxeador en Jerez que daba clases gratuitas de su deporte a quien quisiera aprender tan noble arte: “...Emilio Borda (un camarero montañés afincado en calle Martín Fernández, 10)...” y para allá nos fuimos unos cuantos. Como lugar de enseñanza utilizaba la azotea de su casa en la que después de que nos admitiera comenzamos nuestros entrenamientos, los cuales consistían en mucha gimnasia, ejercicios de técnica boxística y simular combates; todo, naturalmente, dirigido por él que era un hombre de pequeña estatura, bien musculado, sin un átomo de grasa y muy bronceado de tantas horas de sol en la azotea (debía ser peso pluma). Nos pusimos como robles, nuestros abdominales eran verdaderas tablas de lavar y teníamos unas ganas de pegarnos guantazos que no veíamos el día de poderlo hacer en serio, no como si sí pero si no.

Cuando nuestro profesor consideró que estábamos preparados para hacer una exhibición nos lo dijo y pidió voluntarios. Naturalmente todos dimos un paso al frente. El evento, como se dice ahora, lo organizó en el Campo de Deportes El Retiro en el que, delante de la piscina, montaron un ring.

Borda decidió el orden de los combates y quién debía pelear con quién. A mí (que me había regalado un pantalón de deportes azul un amigo para tal ocasión) me tocó actuar en primer lugar con uno al que llamábamos el Bizco. El sistema era por eliminatorias, es decir, que el que ganaba se enfrentaba al siguiente. Comenzó el combate que era sólo a un asalto y cuando extendí los brazos hacia delante, como hacen los boxeadores para saludarse, me soltó tal sopapo el estrábico que me dejó KO. El árbitro lo declaró vencedor ¿injustamente?

Un compañero, hijo de un fotógrafo del que no recuerdo su nombre, que era el siguiente que se tenía que enfrentar con el que me ganó, creyendo que aquello fue una ilegalidad, me dijo en el vestuario: “No te preocupes, yo te vengaré”, salió al cuadrilátero, sonó la campana, intentó el saludo –inocente de él- y le dio tal meco el mamón del Bizco que lo dejó semiarrodillado, con los brazos en cruz en actitud de ruego, de petición, de súplica...

Cuando volví a casa, después del combate, me dijo mi madre: “No boxees más, hijo mío.” Yo le contesté: “No te preocupes, mamá.” Así ha sido


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