De Jerez al Puerto

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JUAN J. ROSA SÁNCHEZ

León para Jerez

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DE JEREZ AL PUERTO

Al Puerto de Santa María, se iba desde Jerez en diversos medios de locomoción: en tren, en camión, en bicicleta y andando; aunque también se podía ir en autobús pero este servicio era más caro, debido a que había que pagarlo. Ir en tren suponía tener que desplazarse hasta la estación de FF.CC., no sacar billete y subirse a un vagón procurando que el revisor no te localizara o cambiando de coche cada vez que aparecía o encerrándote en el W.C. hasta que pasara de largo. Había días que era tal la aglomeración de viajeros que no había manera de que nadie controlara quién estaba dentro o fuera de la ley, solían ser los domingos de verano en horas punta. Esos días hasta podrían haber aprovechado los revisores para descansar.

Para viajar en camión había que tener amigos cuyos padres, tuvieran al menos uno y se dedicaran al transporte de pescado o de lo que fuera. El viaje de ida era una maravilla, toda la batea estaba a disposición de los viajeros. La vuelta era otro cantar: había que compartir el espacio con las cajas en las que iban convenientemente colocados y refrigerados los verdaderos usuarios. El viaje se hacía por la carretera que se conocía como la del Puerto, aquella que partía desde la Alcubilla en cuya margen derecha estaba la zúa, tenía eucaliptos, pasaba por delante del Balneario, por el Portal, por la Sierra de San Cristóbal, bajaba la cuesta del chorizo, donde había una venta en la que decían que se comía muy bien y dejaba a los viajeros en El Puerto frente al Resbaladero o en otro lugar idóneo. Desde allí a la playa de La Puntilla, andando.

En bicicleta era un viaje más sacrificado, había que superar las cuestas de la Sierra de San Cristóbal, tanto a la ida como a la vuelta y, a la vuelta además, la citada cuesta del chorizo que en dirección a Jerez era larguísima.También hay que tener en cuenta que normalmente se disponía de una bicicleta para cada dos, por lo que mientras uno iba sentado en el cuadro más o menos cómodo, el otro tenía que ir dando pedales y aquellas bicis no tenían dos platos, ni cambios automáticos con piñones que se pudieran cambiar según necesidades, sino que sólo tenían un plato y un piñón y te podías dar con un canto en los dientes si éste no era fijo.

Andando era otra de las posibilidades, pero este medio de transporte seutilizaba menos y cuando seusaba, el viaje se hacía por aquella vereda conocida como La Trocha que era un camino de tierra mucho más corto que el de la carretera del Puerto. La ventaja de la carretera era que tenía, ya se ha dicho, una zúa que alimentaba los cañaverales de los que se cogían las cañas para, convenientemente preparadas, utilizarlas para atrapar higos chumbos y para hacer carrizos con los que se preparaban las zambombas de la Nochebuena y que tenía a sus márgenes huertas donde se podían comprar o pedir lechugas, lavarlas en un pilón y comerlas hoja a hoja.

Y una vez en El Puerto ¿qué hacer? En invierno, ir al cine, pasear, buscar novia, jugar al fútbol en la playa de La Puntilla y poco más. Por cierto que la citada playa tenía una duna que era muy alta, o al menos así lo parecía, la que una vez superada mostraba un inmenso pinar en el que había muchos camaleones, que ahora es una especie protegida pero que entonces los especialistas en cazarlos lo hacían a mansalva y el resultado ya se sabe cuál ha sido. Entonces ¿qué pasa?: pues que aquel alto arenal es ahora un montoncito de arena, el hermoso pinar está actualmente sembrado de construcciones, calles, coches y demás artefactos del progreso y la civilización; y camaleones,parece que, quedan pocos.

En verano era otro cantar: la playa se llenaba de casetas de madera que eran usadas por las familias que las alquilaban y por todos sus amigos y allegados. La de La Puntilla se quedaba pequeña para la juventud y desplazarse hasta Valdelagrana por carretera era muy difícil porque no se tenía medio de transporte y, además, estaba lejos para ir andando, la solución era ir a nado, por lo que había que meterse en el canal, que entonces era más estrecho, y unos ratos flotando arrastrados por la corriente y otros nadando (y siempre vigilando la posible venida de barcos) alcanzar la otra orilla. Y allí estaba aquella inmensa playa virgen, sin más bañistas que unos pocos nadadores aventureros, sin casetas, sombrillas, chalés, torres de apartamentos, calles, aceras y coches, que con marea baja era interminable y por mucho que se anduviera hacia la maradentro nunca llegaba el “agua al cuello” ¿cómo al cuello?, ni a la cintura.


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