El Neolítico

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Autor:UXIO NOCEDA

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¿Como era la vida diaria de un "jerezano" del Mesolítico?
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EL NEOLÍTICO

La Era de la fabricación de herramientas de piedra pulida La revolución agrícola

De este período tampoco hay muchos restos, lamentablemente. La manera de trabajar las piedras -de lo poco que no ha desaparecido por el paso del tiempo-, es lo que diferencia a esta época de las anteriores: ahora las piedra son redondeadas, no dentadas, y el trabajo son de mayor finura y detalle. Se nota un mayor interés por el resultado estético del instrumento, no solamente por su mera utilidad. Esto nos indica los cambios paulatinos en la sensibilidad de su cerebro y los cambios en su percepción de la realidad. También muestra que tenía más tiempo libre para dedicarse al detalle, lo que por otro lado indica que los recursos eran más abundantes o que las técnicas para obtenerlos más eficientes.

El descubrimiento y desarrollo de la cerámica y de los metales debió ser por la observación: en las hogueras podían encontrar grumos de arcilla endurecida, el barro y arcilla de los charcos se resquebrajaba y dejaba las huellas de las pisadas endurecidas. La mente inquisitiva de estos hombres les llevó a la conclusión de que si esa arcilla se endurecía tanto era por el paso por el calor del fuego o por su sequedad. Alguno debió pensar que si le daba forma de baso a un poco de arcilla y la dejaba al fuego podría usarla para beber. El siguiente paso fue saber que arcilla endurecía mejor y permitía hacer los cacharros menos pesados, y que cantidad de fuego y tiempo debía manejar a la hora de cocer las piezas.

Restos de piedras no usuales, de aspecto distinto a lo que era una piedra común, encontrados junto a los grandes fuegos debió también llamar su atención. Pronto supieron saber que piedras producían aquellos restos modelables y, como en el caso de la arcilla, la experimentación y la observación, se irían dando cuenta donde encontrarlas, cuales elegir y como obtener las formas deseadas. eran los rudimentos de una nueva tecnología: la minería y la fundición de metales. De la misma manera que se observa hoy en día con restos primitivos o poblaciones indígenas a modo de fósiles humanos vivientes, estos grupos humanos, de aspecto físico absolutamente contemporáneo y numéricamente muy reducidos -tal vez de entre 5 a 20 personas-, se movían, de manera itinerante, al ritmo de las estaciones y de las necesidades de materiales, refugio o alimento.

La caza y la recolección era su estilo de vida, aunque a veces desarrollaban pequeñas industrias productivas estables como el marisqueo o la pesca, que periódica o permanentemente explotaban. Posiblemente en esas eras la totalidad de la población humana en la zona del Jerez actual y sus alrededores, de manera temporal o itinerante, no superase el medio centenar de individuos a un mismo tiempo. Podemos englobarles en el grupo cultural Azilliense.



Cabañas neolíticas constituyendo una granja estable cercana a la sierra.

Estos contactos en el Duero y en el Tajo en todo su cauce, produce el intercambio con grupos humanos de origen nórdicos que bajan a la Meseta por los ríos que desembocan en la vertiente fluvial del Oeste ibérico, como el Duero y Tajo: así, objetos, ropas y técnicas hechas a mil kilómetros en el Mediterráneo acaban en Jerez o en el Cantábrico. Y a veces también grupos humanos enteros deciden pasar al otro lado del mundo ibérico, a explotar recursos desconocidos para ellos, siguiendo el cursos de esos ríos o por los pasos litorales o interiores, aunque esto era muy puntual y escaso.

Podemos imaginarnos a estos pequeños grupos humanos del Homo Sapiens Sapiens, de piel oscura y endurecida por la exposición al aire y al sol, como la de los campesinos y marineros actuales, pintados con colores rituales: puntos, círculos, rayas, espirales, y tatuados con motivos medicináis y mágicas y apenas cubiertos por algunas pieles curtidas con los dientes y con primitivas telas, caminando por Balderramas y por el la Alameda Vieja, y bajando a adentrárse en las aguas y escarbando –y seguramente también buceando-, en busca de ostras, mejillones, vieiras, pulpos, almejas, navajas, cangrejos y otros animales que supondrían parte muy importante de su dieta diaria, ademáis de procurarles utensilios tales como cucharas, tazones, vasos. Algunas de esas capturas serían ahumadas o secadas o sol para o su consumo posterior.

Los refugios temporales solían construirlos en zonas soleadas y protegidas del viento del norte por árboles o por rocas. La erosión de los siglos subsiguientes suavizó y aposentó esos terrenos que entonces eran inestables y más empinados que hoy en día. Algunas de estas zonas, en sus zonas más bajas, ya de por sí marismas muchas veces, eran ocasional pasto de las tormentas y de los temporales del mar, anegándose con las mareas vivas. Por el aporte de los regatos, éstas zonas bajas, embalsadas y sistemas dunares, constituían zonas amarismadas y semipantanosas, fijado su blando suelo solo por hierbas, bosque bajo y matorral.

Estos hombres cazaban con sus arcos y ondas pequeños mamíferos y aves: garzas y garcetas, patos y otras aves semejantes. Iban a cazarlos al curso del río Guadalete y al estuario del Guadalquivir, desde Chiclana hasta Trebujena, pasando por El Puerto, Valdelagrana, El Portal, etc, en recorridos cíclicos constantes. Formaban pequeños grupos, unos a pié y otros sobre barcas circulares de estructura de madera y piel untada con brea y grasa para impermeabilizarlas o tal vez en canoas hechas quemando su interior con brasas y tallando hasta dejar vacío su interior o con sencillas balsas confeccionadas con troncos atados unos os otros y con bolsas de pieles o vísceras de animales, secas e hinchadas.




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El sistema de caza pudiera ser como la que a continuación se describe: los arqueros se situaban remando muy despacio y tumbados en las canoas o botes a los sitios estratégicos donde sabían que habrían de pasar las aves hasta acercarse suficientemente a las presas. Los elementos menos hábiles de la tribu en la caza, niños, tullidos y viejos, comenzarían a dar voces y a moverse para espantar a las aves y forzarlas a elevar o vuelo, momento en el que los arqueros y honderos se levantaban y tiraban casi que al bulto a las bandadas que elevaban el vuelo, si eran numerosas, o afinando su excelente puntería si había pocas presas. Los de las barcas recogían las piezas que caían en el agua. También cazaban pequeños pájaros, perdices, urogallos, codornices e aves de ese porte. Recolectaban sus huevos en primavera y verano. Lagartos, de buen tamaño, culebras, roedores, conejos, liebres, ratas de agua y otros pequeños animales se añadirían a su dieta. Sin duda todo tipo de insectos y gusanos complementaban el menú. La miel era muy apreciada y no escasearía por aquellos paisajes.



Una partida de caza en el Guadalete neolítico. Los arqueros de repartían en canoas o botes redondos hechos de madera y peles impermeabilizadas con brea, deslizándose suavemente para no asustar a la bandadas. De súbito, cazadores, niños, mujeres y ancianos gritaban y acosaban a las aves, las cuales resultaban asaeteadas o boleadas al levantar el vuelo. También las cazaban con redes, trampas y lazos o bien recolectaban sus huevos. Esta zona, y sobre todo el estuario del Guadalquivir debieron ser muy provechosas para los habitantes de estas áreas. Las flechas de punta de piedra eran pegadas a los palos con sabia de abedul o de otro a árbol adecuado para usar como pegamento, y que obtenían calentando las cortezas en pequeñas placas pétreas. Cuando querían capturas vivas usaban puntas romas de madera para atontarlos o herirlos sin matarlos.

Nuestros ancestros dominaba también ciertas artes de pesca con las que obtenían anguilas y otros peces, creando embudos con cestas de mimbre y colocadas en sitios estrechos, en donde los peces solían avanzar, donde las mareas o el flujo da agua del río arrastrase los peces. Desde luego recogían los crustáceos y ranas de agua dulce y todo tipo de marisco y crustáceos de las playas y rocas de la orilla del mar. Luego, mucho más tarde, desarrollarían artes de pesca más complejas.



Faenas de pesca en la desembocadura del Guadalete. Una amplia e espesa foresta podría haber cubierto en algunas partes las orillas. Se pescaba con trampas, redes o hilo lampreas, truchas, esturiones, cangrejos de río, mejillones y otros peces y bivalvos diversos.

La caza de jabalíes, puercos salvajes, venados, caballos y otros mamíferos grandes como osos, uros, bisonte, etc., mientras los hubieron, exigía una mejor planificación y el concurso de todos los miembros activos del grupo o grupos de la zona. En las etapas glaciares nuestras tierras pudieron ser testigo de la caza de mastodontes y rinocerontes lanudos, auque que estos hombres neolíticos procuraban no arriesgar su integridad en la caza de piezas tan peligrosas, procurando aprovecharse cuando estas morían de manera natural o cuando eran abatidas por otros depredadores. Entonces se aprovechaban de su carne -que secaban, ahumaban o consumían inmediatamente-, piel y pelo, cuernos, huesos -que solían aprovechar para hacer sus viviendas o instrumentos.

A veces, si la geografía lo permitía, dirigían manadas de équidos salvajes con antorchas, fogatas y haciendo ruido, y tras rodearlos y espantarlos, los dirigían a barrancos o despeñaderos. Luego, en la base de esas alturas estarían esperando las mujeres, viejos y niños para rematar a los animales heridos y descuartizarlos, desgarrando las carnes y guardándolas para ser conservadas, y recogiendo los huesos para posterior consumo del tuétano, apreciadísimo majar, y como materia prima, como ya se ha explicado.

La captura de una pieza grande era un asunto peligroso, aunque también suponía una extraordinaria fuente de alimento que compensaba el miedo y los esfuerzos realizados. También tenía, este tipo de actividades cinegéticas mayores, un componente de reforzamiento del grupo y de estructuración de los clanes e supondría, para el que ejercía de guía o para el que realizaba algún lance de valor y astucia, la promoción social dentro de o su grupo. Tal vez incluso dirimía el derecho a la jefatura de la tribu...

La caza mayor no se realizaba a campo abierto si se podía evitar. El sentido común y la prevención de innecesarios riesgos aconsejaba tratar de llevar a la victima a una zona arbolada, rocosa o pantanosa donde no pudiera maniobrar para ser allí atacado y abatido. También se procuraba llevar a la pieza, mediante fuego o griterío, al pánico y a una huida descontrolada para hacer que se despeñara por algún barranco o que se adentrara en una zona pantanosa donde seria fácilmente inmovilizada, atacada y abatida.

También se podía preparar una zona con trampas: agujeros o zanjas con troncos o estacas puntiagudos en su fondo, donde se ensartase el animal al caer, o simplemente un agujero donde se fracturase una pata o el cuello, quedándose así inerme para ser fácilmente rematado, o bien se acondicionaba una zona donde se clavaban troncos puntiagudos para hacer que la victima, en su alocada huida, se destripara o ensartase al pasar en ella. El rematar la pieza podía ser un momento peligroso también, ya que exigía hacerlo a pedradas, golpes de mazo o hachas de piedra o a lanzazos de manera mas personal. Es muy posible que de vez en cuando se realizaran actos de temerario valor personal para ganar puntos en la promoción jerárquica y social del clan, o bien como paso de una etapa social a otra.

Algo que si está claro es que estas gentes cuidaban y protegían a los que desafortunadamente se fracturaban algún hueso en alguno de estos u otros lances de caza, o a los que simplemente enfermaban de malaria, disentería o por causa de comer alimentos en mal estado. Como en los grupos neolíticos aún supervivientes en la actualidad, su esperanza de vida no sería muy alta, consumidos y envejecidos prematuramente por una vida exigente, dura, llena de riesgos. Aún siendo conocedores de una extensa farmacopea natural y un profundo conocimiento de las hierbas y plantas medicinales y alucinógenas, no era -como aun ocurre en la actualidad-, suficiente para hacer frente ante las enfermedades mas sencillas y comunes de curar hoy en día y que es la grande diferencia con aquellos tempos. Una vida breve, pero intensa. Es necesario recordar que la naturaleza, por muy Madre nuestra que se la considere, solo tiene un objetivo: matarnos, y la medicina la inventó el hombre para retrasar lo mas posible ese irremediable desenlace.

Hay que tener en cuenta que estas gentes del paleo y neolítico eran gentes muy fuertes y resistentes, lo que no evitaba que murieran su gran mayoría prematuramente, debido a enfermedades, accidentes, ataques de animales u otras tribus o por culpa de épocas de hambre y desnutrición, así como deficiencias, excesos o desequilibrios alimentarios. Duros y resistentes como animáis salvajes que eran. Los que sobrevivían a las enfermedades y a la dureza de una corta infancia paleo o neolítica quedaban bien preparados para afrontar, a partir de muy pocos edad, las responsabilidades de los adultos. Lo que no quita que también tuvieran tempo para o divertirse y disfrutar de las nuevas habilidades artísticas que iban apareciendo en ellos.

Con el paso del tiempo y con mejoras y evoluciones técnicas adquiridas la vida de las gentes de nuestros alrededores podría ser semejante a como era la de los indios que se encontraron los europeos en Norteamérica: curtidos y fieros en la lucha, pero también muy humanos en su trato con sus familias y compañeros, aunque eso si: llenos de supersticiones, rituales, miedos y mitologías, y decorados mediante pinturas y tatuajes faciales y corporales, adornos de plumas y cuernos con significados medicinales, de protección o de estatus social.

En un principio los hombres que vivían por Jerez usaron cabañas, palafitos (casas construidas sobre plataformas sobre el agua) para resguardarse de las inclemencias del tiempo. Eran refugios adaptados a sus necesidades con palos, huesos, vegetación y peles, pero de uso temporal, estacional, ya que si bien existían abundancia de mariscos, crustáceos y peces es posible que viajaran en determinadas épocas a obtener otros recursos fuera. También pudieron, pues, desarrollar distintos tipos de cabañas fáciles de montar y desmontar. Combinaron sedentarismo y la trashumancia o nomadismo estacional con zonas de verano y zonas de invierno o bien zonas de caza, pesca y de recolección. En esta era neolítica se dice que el hombre estuvo idealmente integrado en su ambiente. Esto es relativo, claro, ya que el hombre casi siempre necesita agredir su entorno, transformándolo. En esa época se extinguieron -o el hombre ayudó a una más rápida extinción, a los animales más grandes, como el mastodonte y el rinoceronte lanudo, o los uros, bisontes y los osos cavernarios. Si bien una parte de la culpa fueron ciertos cambios climáticos, otra causa no menos importante fué la caza humana y la transformación que causaba en el paisaje a base de fuegos y talas que efectuaba sobre los bosques para conseguir nuevas tierras de cultivo fértiles. El aspecto geográfico y el ecosistema de Jerez estaba intacto ya que estos escasos representantes del género homo de la zona no incidían en ella de manera notable. Mas bien lo contrario: era la naturaleza la que condicionaba su devenir. Solamente cuando descubre y desarrolla una agricultura de producción y almacenamiento más masiva es cuando comienza a alterar su ambiente de manera dramática. Comienzan a hacerse claros en los valles, a base de talar e incendiar bosques y florestas cerca de los ríos y en medio de las fragas.

En estos tiempos es raro que tuvieran muchos problemas territoriales, luchas o guerras por los recursos, dado que si uno se sabia organizar había alimentos para todos, y hasta es posible que se unieran distintos clanes para afrontar las cacerías de mayor envergadura, o para la construcción de sepulcros comunales o de los más notables entre ellos, llamados dólmenes. Pero también es muy posible que ya comenzaran a tener problemas de estilo de vida entre los que se habían asentado, y vivían pescando, mariscando, haciendo plantaciones o poseían una ganadería que era preciso estabular -y por lo tanto, hacerse sedentarios-, con los que seguían siendo nómadas, ya que podrían entrar en conflicto de intereses con los que comenzaban a tener excedentes de producción ganadería, pesquera o agrícola o por el uso de determinadas áreas de caza modificadas ahora por los que desarrollaban nuevas técnicas explotadoras. Ocasionalmente y tras una mala temporada de caza, los cazadores, mas aguerridos y salvajes que los ahora sedentarios, ejercían la rapiña, y el robo sobre los mas favorecidos. Pero esto solamente sucedería cuando los dos estilos de vida fueron asentándose y concretándose. Mientras, subsistieron ambos estilos de vida entremezclados y desenrollados por las mismas personas y de manera cíclico y estacional.




Homo Sapiens Sapiens inspeccionando las playas cercanas a Jerez en el estuario del Guadalquivir. Noten las pinturas y ungüentos protectores por su cuerpo.

Estas gentes ya tenía convicciones mágico-religiosas animistas que había desarrollado a través de observar el fenómeno de la muerte y por su propia sensibilidad y emoción humana. El Sol cegador y cálido que salía y moría cada día, un sol al cual debían el calor y los cambios estacionales, y una Luna pálida y fría que surgía cuando el Sol se ponía. El ciclo de luz y noche, de calor y frío, las estaciones... todo ello era una metáfora de la vida misma, el ciclo de la vida. El sentimiento de precariedad ante los elementos de la naturaleza y sus atavismos jerárquicos de especie les llevó irremediablemente a elaborar propuestas coherentes que dieran respuestas a sus miedos y angustias vitales. También exigía explicación los fenómenos que veían en la naturaleza. La mera especulación y la imposibilidad de disponer de datos reales la suplían con imaginación, metáforas y analogías. Cada fenómeno, cada objeto tenía pues un doble metafísico que explicaba los acontecimientos. La vida se regía por desconocidos resortes invisibles y mágicos y los tabúes gobernarían la vida de estas gentes. Cuando uno se apercibía que llevando cierto objeto o realizando ciertos movimientos o actos sobreviviera o tuviera mejor suerte en un lance de caza o en un hecho peligroso enseguida lo relacionaban y lo consideraba esencial. Había que procurar repetirlo siempre para permanecerse protegido por él. Si a esto se le juntaba la experiencia de los locos, de los dos que sufrían ataques epilépticos o brotes psicóticos y los poseedores de toda suerte de desajustes mentales que se confundían con sobrenaturales del mundo espiritual más las tradiciones de los ancestros, pues ahí tienes ya un buen montón de material para crearte un rito y una base religiosa potente.

El uso de alucinógenos e estupefacientes por parte de los miembros de los clanes con los cuales alcanzar estados de conciencia alterados, creaba las emociones y experiencias mentales propicias para encontrar respuestas a los dilemas que hace ser a los hombres lo que somos: ¿quién soy?, ¿en dónde estaba antes de nacer? ¿a dónde iré cuando muera?.

Con respecto a sus muertos ya los neandertales habían comenzado a manifestar sus inquietudes y empatía por sus miembros del clan. Si bien también practicaron el canibalismo -a veces ritual, a veces gastronómico-, también es verdad que con los miembros de su clan hicieron actos conscientes de duelo tras sus muertes, tomándose muchas molestias ala hora de enterrarlos, y hacerlo con cuidado y disposiciones concretas. dejándoles objetos u ofrendas, lo que demuestra sus sentimientos de respeto hacia el muerto. El canibalismo, como hasta hace bien poco tenemos documentado en algunas tribus casi o plenamente neolíticas supervivientes, podía ser una necesidad nutricional en un momento de escasez o un aprovechamiento oportunista, pero también podría ser un acto ritualizado: comer a un enemigo o a un hombre de la tribu muerto era poseer sus habilidades, su coraje. Los trozos y partes consideradas importantes (cerebro, corazón, hígado...) eran distribuidas y consumidas según el escalafón de autoridad y mando.




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