Javier Lorente González

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Jerezanos

Javier Lorente González


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1951 Nace en Jerez el pintor y escultor Javier Lorente González.

JAVIER LORENTE LA TERQUEDAD DEL ARTISTA

"Los talentos no son innatos, de crean, se eligen, de cultivan. Salvo algunas excepciones como Mozart o Rimbaud, detrád del talento hay trabajo, terquedad": Ésto declaraba recientemente el escritor Mario Vargas Llosa (Él País Semanal, 24/03/96) refiriéndose a sí mismo. Y éste es el caso de Javier Lorente, jerezano y arquitecto técnico de profesión oficial que al filo de la madurez cuelga los trastos de "aparejar" y decide ser pintor.

Una crisis personal, durante la cual abandona todo y se licencia en Bellas Artes, es el precio de la elección. Camino de prueba en el que acaba encontrando la compatibilidad y la armonía. A ello ha contribuido, no poco, el territorio donde vive -Cádiz, ciudad abierta, ligera y armónica como pocas- y la comprensión y liberalidad de quienes le quieren bien.

Tras ocho años de trabajo tenaz y de experimentación -óleo, acuarela, gouache y escultura y los primeros escarceos en exposiciones en solitario y con otros- cuaja ahora una obra plena y particular que tiene mucho que ver con el individuo nuevo que ahora es. Un mundo visual propio de los sentidos: pinta lo que ve y lo que conoce bien, pero también lo que se ha apropiado, lo que valora y desea y que por contraste le impacta.

Sus paisajes, llenos de luz y hasta de tacto, son simbólicos de una forma de vivir sensual, relativista y despaciosa, al sabio ritmo del sur. El mar, la naturaleza grande y la recoleta de los patios, las calles observadas y las torres-mirador, tan contemplativas, y el sol cálido de la tarde, como un matiz que potencia los colores donde fuere: de Sevilla a Segovia pasando por Marraquech.

Un impresionismo de última hornada -en cierto grado anacrónico pero ¿por qué no?- que traduce el momento redondo que de ha quedado en la retina. Una forma de mirar y de convidar a ver. La impronta de esa otra Andalucía, atlántica y sin drama, en conexión con el Caribe y el Magreb. El humor, la chispa y la autenticidad de una vieja civilización que viene desde los fenicios, que no se deslumbra por nada porque lo ha visto todo, el esplendor y la decadencia, desde el sosiego de su privilegiado rincón provincial.

Escepticismo y gusto por la vida, visión y expresión. Ideal vital, afinidad electiva, territorio real e imaginario adoptado que, en buena parte, es contrafigura de quien nació tierra adentro, en el universo mucho más estrecho y rígido de la ciudad de Jerez. Contrafigura parcial de sí mismo, siempre oscilante entre la sombra y la luz.

La luz, las formas y el color en el espacio, las materias del pintor con las que ha trabajado una obra unitaria que ahora presenta en una treintena de cuadros, fruto de su feliz terquedad. Una obra plena y propia, como digo, pero que con todo, me parece vislumbrar, es la estación intermedia de un trabajo de alcance que aún navegará mucho. Un mundo mórbido y sugerente que deparará sorpresas.

Dejando de lado los pronósticos y un futuro cada vez más impredecible e incierto, el hecho es que Javier Lorente, parafraseando los prodigiosos versos de Manuel Machado, tiene "el alma de nardo del árabe español" y pinta como tal.

Elena Butragueño Galería Ferraz 1996


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