José María Mariscal y Rivero

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Artículo obra del Dr. D. Manuel Ruiz Lagos


Retrato del Abad José María Mariscal y Rivero (Galería de abades de la Colegiata de Olivares/Sevilla, sobre 1836).

José María Mariscal y Rivero (Jerez de la Frontera 04.05.1770 – Olivares (Sevilla) 24.05.1836. Religioso. Abad Mitrado. Miembro de la familia del Barón de Prado del Rey. Sus padres, de notoria hidalguía, fueron D. Andrés Mariscal y Doña María de Rivero.


Perfil biográfico


Según su primer biógrafo D. I. Parada y Barreto, el purpurado jerezano nació en el seno de una familia de fortuna humilde, circunstancia que, sin embargo, en parte se debe corregir al advertir los recursos que el interesado manejó en su trayectoria vital. Mejor estaría afirmar que perteneció a una familia aristocrática emergente que apenas logró sus objetivos de posición y estado en el convulso reinado de Fernando VII. Fue pilar de ella D. Antonio Mariscal, su pariente, distinguido por la labor de repoblación y colonización en la Sierra de Cádiz.

El cronista jerezano Joaquín Portillo confirma estas circunstancias en sus “Noches Jerezanas” (T. I, Jerez, 1839): “La dehesa del Prado de Rey tiene 492 vecinos y fue formada en dos dehesas llamadas Prado del Rey y Almajar en el camino real de la ciudad de San Roque. Su primer fundador fue Don Antonio Mariscal, barón del Prado del Rey, natural de la villa de Montejaque, quien por los años de 1771 labró la primera casa y sucesivamente hasta veinte y seis. También plantó algunas viñas y olivares, y a su imitación los demás pobladores construyeron hasta 250 casas, extendiéndose con el tiempo hasta la aldea de Almajar cuyos fundamentos pusieron y continuaron sin desanimarse consiguiendo así verla en el estado que hoy tiene. Esta aldea dista nueve leguas de Jerez”.

Esta labor progresiva de Mariscal senior se completó en el plano político durante la Guerra de la Independencia por la adhesión de las nuevas poblaciones a la causa patriótica. Por todo ello, le fue otorgado el 22.07.1819 el título de Barón de Prado del Rey, reconocimiento refrendado por Diploma de 27.08.1826. Fecha-esta última- que parece demostrar la fidelidad de Mariscal a la causa absolutista fernandina. La emergencia nobiliaria de esta casa pareció declinar el 12.05.1871, fecha en que fue revocado dicho título (Revista “Hidalguía”, núm. 87, 1968).

A parte del apoyo político que, sin duda, le prestó su familia, contó el futuro abad Mariscal y Rivero con la protección eclesial del Doctor D. Juan Antonio de Soto, cura beneficiado que fue de la iglesia parroquial de San Lucas y-posteriormente-canónigo de la Colegiata jerezana.

Estudió latinidad y filosofía en el Convento de Santo Domingo de Jerez. Obtiene por oposición capellanía fundada en la iglesia parroquial de San Miguel. Ordenado sacerdote, entró a servir como capellán de coro en la iglesia Colegiata jerezana. Es elegido prebendado de la mencionada iglesia en donde permanecía, al menos, hasta 1802 en que consta desempeñando el cargo de racionero, según se deduce del expediente incoado en solicitud de la Cruz Pequeña Honoraria de la Orden de Carlos III (Emilio de Cárdenas, “Propuestas, solicitud y decretos de la Real Orden de Carlos III” Hidalguía, Legajo. 6304, núm. 64, Madrid, 1990).

La dignidad eclesiástica en Jerez le había sido conferida por Carlos IV (Cédula de 3 de septiembre de 1800), en atención a los méritos anteriores desempeñados como capellán del Hospicio de Niñas Huérfanas, así como a los de Examinador Sinodal del Arzobispado de Sevilla y de los Obispados de Sigüenza y Málaga y Juez Apostólico de la Santa Cruzada.

Se traslada a la villa de Madrid donde obtiene el puesto de Inquisidor Honorario del Santo Oficio. Vuelto a Jerez, le sorprende en su ciudad natal la invasión napoleónica. Opta Mariscal por el servicio de su Rey legítimo y a su patria.

Su amigo Ojeda y Vilches escribirá a este respecto: “Jerez, entonces abrumado con el peso de un ejército numeroso, sitiador de la gaditana isla, padecía todos los males que arrastra en pos de sí una triunfante hueste. Ya la sensatez de Mariscal y Rivero había previsto el inevitable azote y asociándose a personas de recto pensar, detuvo, en cuanto fue dable, todo el impulso del torrente devastador, y poniendo en juego la más fina política, salvó las preciosidades de su patria y plegándose a críticas circunstancias del momento, alivió la aflicción de sus compatricios y pabulizando el fuego del más noble patriotismo, que –a veces- por muchos se propala y tan pocos merecen poseer, pudo jactarse de haber sido un defensor del orden público durante la nacional opresión.

Así hízose más llevadera la malhadada suerte de aquella ciudad; pues el jornalero halló siempre trabajo para ganar su merced; el débil sexo tuvo égida en los tiros del militar desenfreno; el emigrado conservó sus bienes a pesar de rigurosos decretos de proscripción; el mendigo sació su hambre con la abundancia de económica sopa y el culto y sus ministros gozaron aun más esplendor y respeto que en decantadas épocas de toda tranquilidad”.

Servicios tan eminentes a la causa patriótica fueron premiados por Fernando VII (Cédula de 9 de marzo de 1816), mediante los honores emitidos por su Real Consejo y por la promoción de Mariscal a la dignidad de Chantre y Canónigo de la iglesia Colegial de San Felipe de Játiva en el reino de Valencia.

Consta su presencia en dicha ciudad en 1817, según se deduce del expediente incoado en solicitud de la Cruz Supernumeraria de la Orden de Carlos III (Vid. Emilio de Cadenas, op. cit. Legajo 6304, núm. 63, Madrid, 1990).

Pío VII (1742-1823) promotor y protector del Abad Mariscal.

A propuesta de la Casa de Alba, con el visto bueno del Real Consejo y la confirmación y apoyo personal del Papa Pío VII, fue promocionado como Abad Mitrado de la Colegiata de Olivares (Sevilla), siendo consagrado en dicha dignidad por el Nuncio papal Giacomo Giustiniani (1769-1843) en la iglesia de la Magdalena de Madrid.

El cuatro de octubre de 1818 tomó posesión como Abad de la Colegiata de Olivares y su jurisdicción canónica de Sanlúcar la Mayor, Heliche, Albayda y ambas Castillejas, siendo el décimo y último prebendado que accedía a tan importante cargo. Era, entonces, considerado: “varón de bella índole, de apuesto talle, de generoso desprendimiento, afable en el trato, fino en sus maneras, noble en sus procederes, verdadero jerezano”.


Sobre la Colegiata de Olivares (Sevilla)

Vista de la Colegiata de Olivares (Sevilla) I.


Los orígenes de esta importante Colegiata se remontan a la primitiva fundación que en pleno siglo de Oro hiciera el II Conde de Olivares de una capilla en su villa, bajo la advocación de Nuestra Señora de las Nieves, como expresión de gratitud de las muchas gracias concedidas por mediación de la imagen de Santa María la Mayor de Roma. Esta fundación fue dotada con los bienes propios y eclesiásticos dispuestos por Gregorio XIV.


Vista de la Colegiata de Olivares (Sevilla) II.

Esta primitiva fundación, por voluntad del Conde-Duque de Olivares y por disposición de Urbano VIII fue erigida en Iglesia Colegial. Por bula de 1 de marzo de 1623 se constituía como diócesis “nullius exempta”, es decir, con jurisdicción propia e independiente del arzobispado de Sevilla, dependiendo directamente de Roma, agregada a la Basílica de Santa María la Mayor de la ciudad eterna.

Vista del Palacio del Conde-Duque de Olivares (Sevilla).

A los bienes raíces, alhajas, ornamentos, plata y demás enseres que poseía la antigua capilla ducal se agregó una dote de 2.000 ducados para afrontar los gastos y casi cuarenta prebendas que dispuso la nueva Colegiata. Sin embargo, como escribe el historiador de la institución José María Vázquez Soto, la dotación que en teoría fue óptima y generosa, en la práctica no dejó de ser un proyecto, porque todos los bienes de que se nutría eran rentas, diezmos, beneficios, capellanías y parroquias que difícilmente podían gozarse en quieta y pacífica posesión, debido a que el Arzobispado y Cabildo catedralicio de Sevilla jamás aceptaron con buenos ojos el enclave que suponía una “diócesis nullius” creada en su propio territorio por mera voluntad del Conde-Duque de Olivares.



Queda, pues, claro que, de una forma u otra, los sucesivos diez abades que se sucedieron en el gobierno de la Colegiata hasta su supresión en 1851, estuvieron marcados por los procesos y litigios a que les obligaban sus circunstancias de gobierno, siendo más acusadas las penurias y disensiones cuando los tiempos venían marcados- tal la circunstancia de Mariscal y Rivero- por la escasez y los enfrentamientos eclesiales, ideológicos y políticos.


Circunstancias de un gobierno complejo

Interior de la Colegiata de Olivares (Sevilla).

La propuesta de la Casa de Alba, patronos de la Colegiata, designaba al jerezano como abad con fecha de 28 de julio de 1817. Esta decisión parecía ir contra los intereses económicos de los capitulares que venían administrando la Colegiata como “sede vacante”, los cuales se mostraron muy puntillosos a la hora de validar la documentación de posesión remitida por Mariscal. Tras notable dilación, el nuevo abad tomó posesión por poderes otorgados al canónigo D. Ramón Hernández Araujo el cuatro de octubre de 1818. Hasta fines del mismo mes se demoró la llegada del principal prebendado. Desde el principio, Mariscal parecía estar contestado.

A la hora de enjuiciar el gobierno de Mariscal y Rivero, el historiador Vázquez Soto se expresa del modo siguiente: “Difícil resulta emitir un juicio imparcial acerca de sus actuaciones porque parte de su quehacer se desarrolló en una época aciaga de la historia. El binomio sobre el que cabalga el país, trono e iglesia, está muy deteriorado. La Colegiata se halla a las puertas de su ocaso final. Los prebendados cumplen sólo lo imprescindible para justificarse y cobrar sus menguadas rentas. Más que nunca son tiempos para la abadía de rutina, animada en los últimos años del señor abad, hombre blando y bonachón. (Vid. “La Colegiata de Olivares” Sevilla, 1985)”.

Hasta 1823 el gobierno de Mariscal parece equilibrado con los intereses de sus capitulares. La plata de la Colegiata y algunas enajenaciones sirven para capear la maltrecha economía de la institución pero los presagios del futuro son funestos.


Imagen de la Virgen de las Nieves, titular de la Colegiata de Olivares.

Muy pronto, por cuestiones triviales –cuenta el historiador Vázquez- el cabildo colegial quiere dirimir los puntos muertos de algunas cuestiones, llevándolos no al rey, sino al nuncio. Llegan las situaciones violentas y la total desunión, como refleja el acta del Cabildo colegial de 1823: “Se comenzó a tratar de la desunión que existe entre los capitulares y el ilustrísimo señor abad y después de discutidos varios asuntos, resultaba quedar la misma desunión y separación. Terminó el Cabildo y quedaron como al principio. Fue entonces cuando uno de sus miembros, oficiando de hombre bueno, se dirigió a sus hermanos y les gritó: “Señores, haya paz…A lo que el abad correspondió: Esto quise desde el primer día en que me hice cargo de la abadía”.

Cada uno de los capitulares comenzó a protestar sus deseos de paz: Los demás señores del Cabildo demandaron por la paz, que terminase y se diese corte a todos los asuntos pendientes y que se hiciera una reconciliación de corazón con el prelado.

Se hizo la paz o más bien el armisticio y se sellaron con demostraciones externas de abrazos y perdones y para mayor testimonio mandaron voltear las campanas para que llegase la noticia al pueblo y demás lugares de la abadía”.


En los períodos de sosiego que establecían estas débiles paces, Mariscal atendía y resolvía delicados asuntos que competían a su jurisdicción, así la atención a los exclaustrados y afrancesados de las inmediatas guerras y procuraba resolver sus delicadas situaciones económicas con cargo al numerario de la Colegiata.

No se puede hablar, por tanto, al enjuiciar la labor del abad, sólo de un desgobierno del jerezano, sino-probablemente- de una soterrada animadversión ideológica secular del Cabildo colegial frente a su presidente, que afloraba a la superficie al menor contacto de contradicción que se produjera en el cuerpo eclesial y que hacía sumamente difícil el pacífico gobierno.

La delicada situación económica, sin restricciones en la nómina del Cabildo, jugaba en contra de Mariscal. Al final, para atender las muchas obligaciones, hubo que vender las fincas de la Colegiata y suprimir prebendas de cantores, sochantres y hasta mozos de coro en detrimento de la popularidad del abad. Esta complicada situación se agravó al mezclarse en ella las cuestiones personales de un sobrino suyo, canónigo racionero de la misma Colegiata.

En 1830 las relaciones entre el Abad y el Cabildo colegial son sumamente tensas, llegándose a proponer acciones judiciales contra él. En el acta capitular de esta fecha se llega decir: “Acudir por el remedio de tantos males a la paternal autoridad del Rey nuestro señor para que como tan piadoso y católico monarca miraría por una Iglesia que se devora y destruye irremediablemente, por la turbación del orden y por faltar en ella el suave y benéfico influjo de un prelado que se contenga en los límites que señalan los severos principios de la justicia, la doctrina y cánones de la Iglesia y nuestras particulares leyes y estatutos”.

Su amigo y panegirista Ojeda y Vilches no ocultó en su “Sermón Fúnebre” por el finado la realidad discordante que acompañó la vida abacial de Mariscal, dejando testimonio del esfuerzo que el jerezano hizo siempre en procurar la paz: “Tú le viste, pueblo de Olivares, descender de su abacial silla y abrazando cordialmente a los que siempre llamó sus hermanos, exigir con suspiros entrecortados y bañadas sus mejillas en dulces lágrimas, el perdón de ofensas de que, tal vez, no fuera tan culpable”.

Sepultura del Abad Mariscal en la Colegiata de Olivares.

Los deseos de paz del abad no encontraron feliz eco en su cabildo. Optó por alejarse poco a poco de su gobierno, retirándose a su finca “La Arboleda” en donde murió repentinamente. No faltaron, como dice el historiador de la Colegiata olivareña, quienes interpretaran de forma oscura este fallecimiento.

Sin duda, fue Mariscal y Rivero una personalidad singular. La tertulia jerezana de Joaquín Portillo, a la que probablemente el purpurado asistiría, hizo sobre él el siguiente acertado comentario: “Jamás fue afecto a la hipocresía. Tampoco amó a los necios, a los que, según su graciosa expresión conocía por los ojos, como por las manos a los de buena cuna y educación. Nunca se separó del gobierno a quien ciegamente obedecía. Fue muy afecto a la agricultura y a la caza, y en su quinta le sobrecogió la muerte repentina el 24 de mayo de 1836. Era natural de Jerez”.

Fue inhumado en la Colegiata de Olivares, donde descansan sus restos mortales. Un año más tarde del fallecimiento, en 1837, en la parroquia de Santa María de Sanlúcar la Mayor, el –también- tertuliano jerezano José Joaquín Ojeda y Vilches pronunció su “Oración fúnebre”. El orador sagrado era presbítero, bachiller en Medicina, capellán castrense del Cuerpo Nacional de Artillería, catedrático de Teología Moral y Examinador Sinodal de la propia abadía de Olivares. La oración fúnebre fue publicada en Sevilla a cargo de su pariente y albacea Doña Teresa Mariscal y Gallegos.


Mariscal y Rivero, contradictorio y complejo, como la época que alcanzó a vivir, mereció ser nombrado por Pío VII caballero de la Orden de la Espuela Dorada y prelado doméstico de su santidad, con asistencia al Sacro Solio Pontificio.


Manuel RUIZ LAGOS



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