José de la Serna y Martínez de Hinojosa

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JOSÉ DE LA SERNA Y MARTINEZ DE HINOJOSA



Artículo obra del Dr. D. Manuel Ruiz Lagos


El Virrey del Perú D. José de La Serna (Galería de Virreyes del Perú).
José de la Serna y Martínez de Hinojosa (Jerez de la Frontera, 1770 – Cádiz 06.07.1832) Militar. Político. Virrey del Perú. I Conde de los Andes. Fueron sus padres D. Álvaro J. de la Serna y Figueroa y Doña Nicolasa Martínez de Hinojosa y Trujillo.


Perfil biográfico


Inicia su carrera militar en 1782 en la Academia de Artillería de Segovia. Esta institución académica había sido fundada en 1764 por Carlos III a iniciativa de Félix Gazola, su primer director. Estaba destinada a la formación de oficiales y suboficiales del Arma de Artillería. Su creación procede de la estructuración que de un ejército nacional moderno se había ido gestando durante el período de la Ilustración. De la atención de la Corona a su perfecta función docente, se deduce su conversión en una de las academias militares más moderna de Europa. Estaba ubicada en el Alcázar de Segovia.


Realizados sus estudios facultativos con todo esmero y detención, asciende a la graduación de subteniente en 1787 y, según D. I. Parada y Barreto, obtuvo el grado de alférez de su arma en 1789. Entre los compañeros de su promoción se encuentra D. Luis Daoíz, futuro héroe en la Guerra de la Independencia.


Frentes bélicos


En una época controvertida política y militarmente interviene, en primer lugar, en el conflicto español con el imperio de Marruecos.


Abandonadas por España las plazas de soberanía en Argel, tras un convenio con la regencia del mismo, Marruecos se disponía a comenzar el nuevo sultanato de Muley Eliacit. El sultán deseaba iniciar su reinado con el gran triunfo que significaría la toma de Ceuta.

Advertido el ministro Floridablanca de las intenciones marroquíes, reforzó la guarnición y obra de su defensa, de modo que cuando el ejército musulmán se presentó frente a la plaza - septiembre y noviembre de 1790- fue rechazado por la artillería de los fuertes y la marina. Al verano siguiente, agosto de 1791, el sultán en persona dirigió el ataque, pero su fracaso fue aun mayor, pues las tropas españolas destruyeron todas sus obras ofensivas, mientras la escuadra española bombardeaba la plaza de Tánger. Uno de los artilleros señalados en esta acción fue el jerezano La Serna.

Pasa, seguidamente, a participar en el bienio 1793-1795 en la denominada Guerra del Rosellón. Esta guerra-como ya dijimos en otra ocasión- denominada de los Pirineos o de la Convención, era fruto de los acuerdos firmados contra la Francia revolucionaria por Gran Bretaña y España, patrocinados por el ministro Manuel Godoy. El combinado bélico español estaba compuesto por el cuerpo de ejército comandado por el General Antonio Ricardos y la flota anglo-española actuante a favor de los realistas franceses en Tolón y en la costa mediterránea.

En principio, el ejército de Ricardos venció en Truillás al General francés L. Dagobert, infligiéndole unas 6.000 bajas. Sin embargo, el ejército español, compuesto por unos 20.000 hombres, falto de apoyo, tuvo que retirarse no obstante haber vencido en Asprés.

Finalmente, fallecido Ricardos en marzo de 1794, España –por la mano de Godoy- firmó con Francia la Paz de Basilea en 1795, previo reconocimiento de la nueva República Francesa y la cesión de posesiones ultramarinas. El ministro español recibió por su gestión controvertida el título de “Príncipe de la Paz”.

El rey Fernando VII (Iconografía Hispana, sobre 1825. Biblioteca Nacional de Madrid).

La Serna intervino en acciones y batallas de este conflicto, desde su puesto en el ejército de Cataluña, mereciendo en 1794, por méritos de guerra, el empleo de teniente de artillería.

La nueva alianza hispano-francesa, devenida de las paces de estos conflictos, sitúa a La Serna en el servicio de la artillería de marina en la escuadra a las órdenes del teniente general D. José de Mazarredo entre los años 1799-1802. Aunque en esta campaña se distinguió de forma notable, lo hizo de forma sobresaliente en los sucesos del puerto de Brest en 1799. Los hechos se narran del siguiente modo.

La escuadra del teniente general Mazarredo salió de Cádiz en 1799 con la idea de bloquear el Estrecho y hostigar la navegación inglesa desde y hacia Gibraltar. Pensaba unir sus fuerzas con la escuadra francesa del almirante Bruix con la idea de reconquistar la controvertida isla de Menorca en manos inglesas.

Sin embargo, las intenciones napoleónicas eran distintas. Por encima de utilizar el potencial naval en cuestiones bilaterales, gravitaba la idea de efectuar una gran operación militar, exclusivamente de interés francés, como era la invasión de Gran Bretaña. Advertida esta circunstancia por Mazarredo, trató por todos los medios de salvaguardar los propios intereses de España, sin éxito.

Reconstruido el combinado hispano-francés en Cartagena, los almirantes recibieron la orden del Directorio de la Revolución de dirigirse hacia Rochefort. Abandonada la idea de la recuperación de Menorca, la escuadra terminó en Brest. Atracaron en dicho puerto quince navíos españoles y veinte y cinco franceses. Frente a ellos, la escuadra inglesa del Canal, al mando de Lord Keith, con veinte y siete navíos, ante la pasividad de la combinada, se mantuvo bloqueando Brest. Por esta situación, mantenida entre 1799-1802, se le denominó al conjunto naval “la escuadra en secuestro”.

La Serna se distinguió brillantemente en esta campaña, sosteniendo uno de los fuertes de la plaza en unión de otros artilleros. Posteriormente, al mando de dos piezas de artillería, apoyado por una fuerza de 6.000 hombres, estuvo operando contra el enemigo en defensa del arsenal. Ascendió al empleo de teniente coronel en 1805.


Zaragoza. Defensa de la Iglesia de S. Agustín (Cuadro de C.Alvárez Dumont. Grabado de Plá y Valor, “La Ilustración Ibérica” 1887).
La guerra patria

Acantonado en Valencia en 1808, le sorprende en este reino el estallido de la Guerra de la Independencia.

Graduado como sargento mayor del segundo Regimiento de Artillería, se agregó de inmediato a la defensa de la patria en el improvisado cuerpo de ejército organizado por la Junta de Valencia, en cuyo frente brillaba por su denuedo el –también- jerezano general Adorno Spínola. Interviene en la defensa del río Júcar y de la capital. Pasa a los reinos de Aragón y Navarra y entre otras acciones concurre a la batalla de Tudela.

Esta acción, dirigida desde retaguardia por el propio Napoleón y ocurrida en los alrededores de dicha ciudad, sucedió el 23 de noviembre de 1808. El resultado del combate fue una completa victoria del ejército galo comandado por el Mariscal Lannes sobre el español dirigido por el General Castaños.

Zaragoza. Ruinas del Seminario (Grabado de F. Brambila y J. Gálvez, Cádiz, 1814).

La contienda movilizó a 33.000 milicianos y soldados españoles frente a 30.000 franceses. El resultado arrojó por parte española unos 4.000 muertos y 3.000 prisioneros, frente a los 600 franceses entre muertos y heridos. La victoria de Tudela fue grabada en el Arco de Triunfo de París por mandato de Napoleón.

Seguidamente, La Serna se incorpora a fines de 1808 y principios de 1809 a la defensa de Zaragoza en su segundo sitio. El ejército napoleónico, consciente de la importancia estratégica de Zaragoza y del impacto moral que tenía su resistencia, encomendó este nuevo ataque al Mariscal Lannes.

Zaragoza. Asedio del Convento de S. José (Grabado de F. Brambila y J. Gálvez, Cádiz, 1814).

La ciudad, defendida por Palafox, fue atacada el 21 de diciembre por varios puntos en una serie de operaciones que terminaron el 15 de enero con la caída del reducto del Pilar.

La Serna combatió y se distinguió con denuedo en los combates cuerpo a cuerpo de las iglesias de San José y Santa Engracia. Cae prisionero y trasladado a Francia donde permanece internado, por su patriotismo y graduación, duramente vigilado hasta 1812.

En este año logra evadirse por la frontera de Suiza. Intentando volver a España, evitando pasar por territorios dominados por el francés, se ve obligado a atravesar Baviera, Austria, Bulgaria, Moldavia y parte de Macedonia. Embarcado por fin en Salónica, llega a Malta y de aquí a Mahón, desde donde, logrando superar una dura cuarentena, logra reincorporarse a las tropas nacionales españolas. En este mismo año de 1812 es ascendido por méritos al empleo efectivo de coronel de artillería con el de brigadier del ejército que ya disfrutaba.

Concluida la Guerra de la Independencia y, vuelto Fernando VII a España, fue elevado en 1815 a Mariscal de Campo y destinado al año siguiente de 1816 para el ejército del Perú, con el cargo de General en Jefe.

La empresa peruana

El 7 de septiembre de 1816 llega La Serna al Perú, a bordo de la fragata “Venganza”. Le acompañaban, como miembros de su Estado Mayor, el teniente coronel D. Jerónimo Valdés y los capitanes D. Bernardo La Torre, D. Antonio Seoane y D. Eulogio Santa Cruz.

Inicia desde Arica una serie de campañas militares para pacificar territorios alto-peruanos ocupados por insurgentes independentistas.

Procede a la ocupación de Jujuy y Salta, intentando alcanzar el territorio de Tucumán, encontrando la feroz resistencia en la frontera norte de los gauchos de Güemes, no obstante haber derrotado a su jefe el Marqués de Yavi, el 15 de noviembre de 1816 en La Puna.

El Virrey D. Joaquín de la Pezuela (Galería de Virreyes del Perú).

Los gauchos de Güemes constituían una milicia irregular comandada por Martín Miguel de Güemes en la zona norte de Argentina y el Alto Perú. Practicaban la guerra de guerrillas amparados en el conocimiento superior del territorio. Sus integrantes se reclutaban entre los gauchos de la región. Compuestos íntegramente por caballería, empleaban como armas el machete y el rifle. No vestían uniformes sino el poncho como distintivo. El General San Martín los incorporó al Ejército de los Andes, dando a Güemes el título de “Comandante General de Avanzadas”.

En cuanto al Marquesado de Yavi, implicado en estas campañas con La Serna, se trata del título nobiliario del Marqués del Valle del Tojo, ubicado en la provincia de Jujuy, el más importante en el territorio del Virreinato del Río de La Plata.

Durante la guerra de independencia americana, el cuarto marqués de Yavi Juan J. Feliciano Fernández Campero se unió a las tropas irregulares de su pariente Martín Miguel de Güemes, en la llamada “Guerra Gaucha”, siendo derrotado y capturado por el ejército realista de La Serna en noviembre de 1816.

La labor de La Serna había contribuido a la pacificación del territorio y a la reorganización del ejército realista. En 1817 el Virrey Joaquín de la Pezuela (1761-1830) encargó al jerezano una campaña de avance hasta Tucumán, con el fin de perturbar la organización de un potente cuerpo de ejército dispuesto para la invasión de Chile. La Serna se mostró dudoso sobre la empresa, no obstante, obedeció al Virrey y el suceso resultó infructuoso.


El General García Camba, en sus “Memorias”, justifica esta actitud de La Serna, basada en la subordinación debida al Virrey y en la prudencia que exigía su reciente llegada al país. No obstante, “el nuevo general en jefe, que no economizaba su persona como acaso convenía, se presentaba siempre donde le parecía haber mayor empeño, visitaba frecuentemente a los enfermos y heridos y captó el respeto y el afecto de todos” (“Memorias del General García Camba para la historia de las armas españolas en El Perú 1809-1821”. Biblioteca Ayacucho, Madrid, 1846).

Vista de la Lima virreinal (Grabado de F. Brambila, Madrid, 1795).

Este solapado enfrentamiento entre La Serna y el Virrey Pezuela, “viva controversia”, la llamaría García Comba, se agudizó en 1819. El jerezano, pretextando motivos de salud, declinó el mando de las tropas que “ya hacían debida justicia a su alto mérito”.

El 21 de septiembre se puso en marcha para Lima con ánimo de aprovechar el primer buque que saliera del Callao para Europa. “Sería bien difícil expresar el profundo sentimiento con que el ejército y los pueblos vieron la partida de este General. Semejante género de gloria, que no siempre alcanzan los hombres públicos, debió de recompensarle las fatigas y sinsabores que el desempeño de su elevado destino le había proporcionado”.

Las “Memorias” de García Camba nos dan a conocer datos preciosos: “Al terminar el presente año llegó a Lima el General La Serna en solicitud de buque para regresar a España, en uso de la autorización que Su Majestad le había otorgado. Todos los amantes de la causa de la metrópoli, conocedores de los peligros que amenazaban la tranquilidad del país, sentían la separación y ausencia de este general, mayormente cuando se atribuía su regreso a la Península, a la falta de buena inteligencia entre él y el virrey Pezuela, ambos oficiales de artillería.

Vista de la Lima virreinal. Catedral (“El Museo Universal”, 1864. Grabado por Rico).

No se prestaba con gusto La Serna a ser mero ejecutor de disposiciones que no siempre le merecían aprobación, ni tampoco quería servir de obstáculo a su ejecución por si su juicio era errado, en cuya virtud, se decía había tomado la resolución de renunciar al cargo de general en jefe del ejército de operaciones del Alto Perú.

La conducta noble, desinteresada y franca de La Serna, desde su arribo al reino, su afabilidad y su cortesía con cuantos se acercaban a hablarle, le habían granjeado la más sincera estimación y una opinión tan alta y universal que, lejos de disminuir, aumentaba y se engrandecía por su partida en las actuales circunstancias.

Las amenazas de una expedición de Chile contra el Perú se hacían cada día más positivas: la antigua fortuna del Virrey y su consiguiente nombradía, iban en sensible decadencia, porque tal es comúnmente la suerte del hombre público, aun sin las facultades que rodeaban entonces la administración del reino.

De aquí provino, pues, que al disponer La Serna su embarco, las autoridades del reino pidieran oficialmente su permanencia en el país, petición a que accedió el Virrey, promoviendo a teniente general a La Serna en nombre de Su Majestad. Esta disposición fue recibida con universal aplauso, porque se esperaba mucho de los servicios que el General La Serna podía prestar en el Perú”.

Esto era así porque, a esa fecha, el ejército se mantenía en buen estado de instrucción y disciplina; no bajaba su fuerza disponible de 7.000 hombres y se hallaba a su cabeza el General D. Juan Ramírez y Orozco. Todo ello coincidía con la pacífica publicación y jura de la Constitución de 1812, comunicada debidamente a todo el territorio español.

El General D. José de San Martín, óleo de J. Gil de Castro.


En septiembre de 1820 el General independentista San Martín desembarca en la bahía de Paracas con el fin de establecer sus cuarteles en la localidad de Pisco y hacerse presente en la campaña del Perú. El Virrey Pezuela propicia la celebración en Miraflores de una entrevista con vistas a sondear la posibilidad de un acuerdo. La reunión termina en fracaso al negarse San Martín a aceptar el reconocimiento de Fernando VII y la Constitución de 1812 y el Virrey al negar la independencia del territorio. A partir de este momento será el General Álvarez de Arenales quien conduzca la estrategia militar de San Martín.


San Martín utilizó todo este tiempo de infructuosas negociaciones para extender su seducción en el país y combinar un plan de operaciones que diera a la revolución el impulso que se proponía.



El Virrey La Serna

La actitud dubitativa del Virrey Pezuela y su tendencia a admitir una capitulación con los insurgentes, avivada por el apoyo de distinguidos munícipes de Lima, extendía el descontento hacia su persona, a la vez que aumentaba el respeto y las esperanzas puestas en D. José La Serna por el pueblo y el ejército.

Grabado jubilar del Virrey La Serna, por M. Daza (Iconografía Hispana. Biblioteca Nacional de Madrid).

El 29 de enero de 1821 los jefes del ejército reunidos en Aznapuquio resolvieron pedir al Virrey Pezuela que resignara su elevado cargo en el jerezano.

Este pronunciamiento se efectuaba en Aznapuquio, una localidad situada al norte de la ciudad de Lima, en donde se encontraba acuartelado el ejército realista encargado de la defensa de la capital del Virreinato.

El texto de la proclama denunciaba la actitud conservadora del Virrey sólo preocupado por la defensa de Lima pero alejado de la capacitación de un ejército garante de los intereses globales de España. Se negaban sus firmantes a una rendición sin probar, previamente, la fortuna de las armas.

El documento iba apoyado prácticamente por toda la oficialidad y, sobre todo, por los comandantes militares D. José de Canterac, D. Jerónimo Valdés y D. Andrés García Camba, entre otros.

Por imperio de la necesidad, cedió el Virrey a la determinación de la mayoría de los jefes del ejército, resignando el mando del Reino en el Teniente General D. José La Serna. Justificó su decisión en su estado de quebranto y se reservó, como también expresaron los oficiales, el derecho a un justo juicio en España que depurase las decisiones y responsabilidades.

Cuenta García Camba que: “tan luego como el Virrey Pezuela contestó a los jefes de Aznapuquio accediendo a su demanda, fue en el mismo día 29 de enero reconocido por Virrey del Perú el Teniente General D. José de La Serna, con júbilo general.


Los mismos Jefes le dirigieron esta comunicación:

“Excmo. Sr. – Elevados por los Jefes que suscriben, al Excmo. Sr. D. Joaquín de la Pezuela, los votos de este ejército, que arde en puros deseos de sacrificarse por defender la integridad de la Monarquía Española, ha dispuesto el expresado Sr. Excelentísimo, en oficio fechado a la una y media de este día, que V. E. le sustituya en el pleno mando del Virreinato; en cuya consecuencia, ha sido V. E. reconocido con toda solemnidad, y con una complacencia difícil de explicar, por Virrey del Perú. Lo que tenemos el honor de comunicar a V. E. con particular satisfacción nuestra, comisionando al señor coronel marqués de Valleumbroso y teniente coronel D. Antonio Seoane, para que más extensamente feliciten y expliquen a V. E., en nombre del ejército, su singular regocijo. Dios guarde a V. E. muchos años. Campamento de Aznapuquio, enero 29 de 1821. Siguen las firmas. Excmo. Sr. D. José de la Serna”.

El General D. Antonio José de Sucre, óleo de M. Tovar.

Se negó en primera instancia La Serna a admitir el nombramiento y solicitó permiso al anterior virrey para marchar a España. Obligado, según García Camba, por las propias reflexiones de su antecesor y la responsabilidad del momento, aceptó, condicionando su decisión al oportuno informe al Rey y a resultas de lo que éste decidiera. Para dar cumplimiento a lo expuesto, comisionó a los oficiales Seoane y marqués de Valleumbroso para que, embarcados en el bergantín “Maipu” partieran hacia Madrid con estas nuevas.

El 29 de julio de 1821, el Ministro de la Guerra, Moreno Daoíz, transmitía una Real Orden de respuesta a las misivas que habían sido remitidas al Gobierno, en su día, por el jerezano. En ella se manifiestan los siguientes pormenores: El Rey aprueba los nombramientos efectuados por el nuevo Virrey. Expresa su voluntad de que continúe en el mando “tanto porque ha merecido la opinión del país y del ejército, cuanto porque de sus luces y patriotismo espera S. M. ver mejorada bien pronto la suerte del Perú”. Le requiere la pronta vuelta del anterior virrey D. Joaquín de la Pezuela y le promete el inmediato envío de las credenciales de su reciente nombramiento. Hay que advertir que Madrid demoró la confirmación formal de nombramiento hasta agosto de 1824. Demora que, quizás, haya de achacarse a las dudas que el Monarca tenía sobre la inclinación constitucionalista de La Serna.

Restos de la hacienda de Punchauca donde tuvo lugar la entrevista histórica del Virrey La Serna con el General San Martín. Era propiedad de D. Antonio Jimeno, partidario de España. En 1980 fue declarada Patrimonio histórico del Perú.

Dispuesto el ya Virrey La Serna a cumplir en la guerra las directrices marcadas por el gobierno de Madrid y las Cortes, atendiendo a la solicitud del Comisario Regio Manuel Abreu, accedió a reunir en este mismo verano de 1821 mesa de negociaciones directas con los insurgentes en la persona del General San Martín. El lugar elegido fue Punchauca, hacienda situada cinco leguas al norte de Lima. Aunque la confianza en la buena fe San Martí era dudosa, el Virrey acudió sin demora. Se presentó aquella reunión distendida e, incluso, los brindis de la comida abogaron indistintamente por “el feliz éxito de Punchauca” y “por la prosperidad de la España y de la América”. La proposición de San Martín recogía los siguientes términos: Que se nombrase una Regencia compuesta de tres individuos, cuyo presidente había de ser el general La Serna con facultad de nombrar uno de los corregentes, y que el otro lo elegiría San Martín. Que esta regencia gobernaría independientemente el Perú hasta la llegada de un Príncipe de la familia real de España, y que para pedir ese príncipe, el mismo San Martín se embarcaría seguidamente para la Península, dejando las tropas de su mando a las órdenes de la Regencia”.

El Virrey solicitó dos días para decidir sobre una propuesta que eliminaba la futura soberanía de España sobre el territorio, que fraccionaba la unidad de la Monarquía y que no figuraba en ninguno de los supuestos elaborados por el Gobierno.

Vista de la plaza mayor del Cuzco virreinal.

La contraoferta de La Serna proponía un cese de hostilidades, el nombramiento de una Junta de Gobierno que lo haría en nombre del Rey y la Constitución, mientras que él, acompañado del General insurgente, vendría a España para informar y consultar al Monarca, así como solicitar la autorización de las Cortes a la propuesta.

A pesar de que la respuesta del Virrey era todo lo generosa que podía ser, los independentistas no la aceptaron y dieron por rotas las negociaciones.

A consecuencia de ello, fracasada la conferencia, por nueva estrategia militar, en junio de 1821, el Virrey trasladó su gobierno al Cuzco, dejando la defensa inmediata de Lima en manos de general José de La Mar. No se trataba de un abandono sino de una estrategia para llevar la protección del ejército no sólo a la capital sino al resto del territorio.

El traslado del Virrey al Cuzco llevó consigo todo el aparato del poder. Instaló en ella la imprenta que, a la vez que servía a los intereses realistas, creaba la infraestructura que haría del Cuzco una potencia cultural en los venideros años republicanos. En la ciudad se publicó la “Gaceta del Gobierno Legítimo del Perú”, así como el periódico “El Depositario”, púlpito del debate realista contra los independentistas.

Aprovechando esta circunstancia, San Martín entró en Lima, donde recibido por un municipio adicto, el 15 de julio firmó el acta de Independencia.

A lo largo de 1822 el ejército del Virrey fue consolidando sus posiciones y, aun, librando batallas satisfactorias. Dice García Camba: “Que el Virrey La Serna hacía cada día más respetable y querido su gobierno por su suave y acreditada administración”.

La batalla de Ayacucho, óleo de M. Tovar.

Sin embargo, un asunto grave y espinoso iba a interferir en el gobierno benéfico del jerezano: la acción controvertida y traicionera del general Pedro A. Olañeta (1770-1825). A los elogios y adhesiones que éste había dedicado al régimen liberal años antes, le sucedió, ahora, una renovada fe absolutista que lanzó contra el Virrey La Serna.

Acusó al Virrey de connivencia constitucional; de traidor “al altar y el trono” y de jacobino. Dividió materialmente al ejército y se negó a reconocer al legítimo poder que consideró emergido de una “asonada militar”. Fue ésta una actitud que se recrudeció a partir de 1823, aprovechándose del giro político absolutista que se había operado en España. Su acción, sin duda, fue muy valiosa para el ánimo de los insurgentes a los que facilitó victorias como la de Junín (06.08.1824). Fue tal la vesania de Olañeta que, meses después, esgrimiría sus méritos ante el absolutista Fernando VII hasta lograr en 1825 el Virreinato del Río de la Plata, paradójicamente concedido cuando éste ya había fallecido en la batalla de Tumusla.

Procuró el Virrey La Serna negociar la inobediencia del General. Llegó, incluso, a solicitar dictamen jurídico sobre su nombramiento y a proponer dejar el mando del Virreinato y su vuelta a la Península. El “Pliego Exculpatorio” que La Serna remitió al Rey narrando la conducta de Olañeta y justificando su personal proceder es una pieza capital y excepcional propia de un servidor público militar, obediente y fiel a la legalidad vigente.

En agosto de 1824 llegaba al Perú la Real Orden de 19.12.1823 por la que Fernando VII reconocía los valores y méritos de fidelidad a la patria que La Serna, tanto en época liberal como en la nueva circunstancia absolutista, había mostrado. El documento le “nombra en propiedad Virrey, gobernador y capitán general del Perú. Confirma los nombramientos y ascensos efectuados y la concesión de la Gran Cruz de Isabel la Católica que –dice- le fue “promovida en tiempos del gobierno revolucionario”.

Monumento conmemorativo de la batalla de Ayacucho.

La actitud sectaria y fraccionalista de Olañeta había hecho inevitable el enfrentamiento militar del propio Virrey con el ejército insurgente de Antonio José Sucre.

El encuentro tuvo lugar el 9 de diciembre de 1824 en Ayacucho. La derrota del ejército real fue total. Terminaban prisioneros de Sucre el propio Virrey, el Teniente General José Canterac y los mariscales José Carratalá, Jerónimo Valdés, Juan Antonio Monet y Alejandro González, más 10 generales de brigada, 16 coroneles, 68 tenientes coroneles, 284 oficiales y más de 2000 soldados. Terminada la batalla, el General insurgente Guillermo Miller fue a visitar al Virrey prisionero. La Serna –dice- había sido colocado en una de las mejores de las miserables habitaciones de la casa de Quinua, pueblo indígena, en donde se iban a firmar las capitulaciones. Cuando Miller entró, halló al Virrey sentado en un banco y recostado contra la pared de barro de la choza. Un corto reflejo de la llama de una pequeña lámpara de barro esparcía luz sobre sus facciones, a las cuales, en parte, hacían sombra sus venerables canas, teñidas, aún, en algunas partes con sangre de la herida que había recibido. Su persona alta y en todo tiempo noble, parecía en aquel momento aun más respetable e interesante.

Casa solariega del Conde de los Andes en Jerez.
Epílogo

Dada la generosidad de las capitulaciones, La Serna, a pesar de su delicado estado de salud por sus recientes heridas, tomó de inmediato pasaporte para la Península. Supo, antes de embarcar, que el día 16 de diciembre de 1824, en el Cuzco, una junta de oficiales había nombrado Virrey sustituto al Mariscal de Campo D. Pío Tristán. Era un acto simbólico porque el nuevo virrey interino, de inmediato, se prestó a negociar la total rendición con los insurgentes. El día 1 de enero de 1825, en la fragata mercante francesa “Hernestine”, fondeada en Quilca, tomó pasaje para Europa D. José de La Serna, último virrey del Perú, previo pago a su costa de mil duros de peaje. Le acompañaban los generales Valdés y Villalobos, un coronel, tres capitanes, un médico y un capellán.


El Gobierno de Madrid, quizás, todavía ignorante de los últimos sucesos del Perú, con fecha 7 de enero de 1825, expedía una Real Orden con los siguientes acuerdos: Confirmación de La Serna como Virrey. Aprobación de los nombramientos efectuados. Llamada a juicio al General Olañeta. Felicitación a los restantes generales a los que concede la Gran Cruz de San Fernando. Promete el envío de fuerzas y navíos que siempre se pidieron y nunca llegaron. Comunica la dispensa al Virrey del título de Conde de los Andes, concedido el 17.11.1824.

El 6 de enero de 1825 el bergantín chileno “Galvarino” interceptó la travesía de la “Hernestine” con intención de obligarla a volver a Quilca. Sólo después que el Conde y sus ayudantes mostraron los pasaportes diligenciados y avalados por los acuerdos capitulares de Ayacucho pudieron continuar viaje.


Recaló la “Hernestine” en Río de Janeiro en donde hubo que atender al Conde de un ataque de parálisis que puso en peligro su vida, reanudando su travesía a los sesenta días de haber salido del Perú.

Llegados a Francia, el Conde y los generales se dirigieron a Burdeos desde donde encaminaron sus pasos a España.

La Serna se trasladó a Madrid donde fue recibido por el Rey al que expuso directamente una amplia reseña de los acontecimientos del Perú. Le oyó el Monarca con benévola atención, le despidió con muestras claras de su consideración y le señaló Madrid por su futuro cuartel.

Escudo de armas La Serna en Jerez.

Necesitaba el Conde, para reparar su salud, del mayor sosiego, de la influencia de su clima natal y de los consoladores cuidados de su familia, por ello pidió licencia para pasar a Jerez y S. M. se la concedió, si bien con la advertencia de que, una vez restablecido, había de volver a la Corte. Superados los informes y diligencias propias del caso y de la situación política de España, se confirmó su título con fecha 30 de agosto de 1825, según cronistas de estos sucesos.

En otoño de 1828 el Conde insistió ante el Rey el reconocimiento de su gestión y la de sus generales en Perú. Así le fue correspondido por Real Orden de 8 de diciembre de 1828, incluyendo especial memoria y cita a las gloriosas victorias de Ica, Torata y Moquehua.

Adscrito el Conde de los Andes al gobierno militar de la plaza de Cádiz, falleció en esta ciudad el 6 de julio de 1832. “Fue –escribió Parada y Barreto- el último Virrey del Perú e indudablemente también el más ilustre y patriota, no siendo entre sus sacrificios en aquel reino menos digno de consignarse el ejemplo de su honradez y desinterés, pues al volver a España le adeudaba la nación la mayor parte de sus sueldos, que no había percibido por atender a las necesidades de su gobierno”. Fallecido sin descendencia directa, asumió el título su sobrina Nicolasa de la Serna y García, hija de su hermano mayor D. Pedro Nolasco de la Serna, (salvo incidencias hereditarias representadas por D. Álvaro de La Serna, según A. Alonso de Cadenas, "Títulos nobiliarios con Grandeza de España, concedidos en Indias", Hidalguía, p. 70, Madrid, 1984). El 19 de noviembre de 1924 se le reconoció a este título nobiliario la Grandeza de España por el rey Alfonso XIII.

Manuel Ruiz Lagos.

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