La civilización fenicia Hablan las Piedras

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LA CIVILIZACIÓN FENICIA (HABLAN LAS PIEDRAS)

Joaquín Naranjo Guerrero
Jerez 8 de noviembre de 2001)



“LA CIVILIZACIÓN FENICIA (HABLAN LAS PIEDRAS)”


El hacer una apreciación objetiva de la historia, es un asunto discutido y positivo a la vez, ya que los pueblos como todo lo de este misterioso mundo están sometidos a múltiples alteraciones, debido a todas estas mudanzas, ya que en incontable ocasiones el tiempo ha borrado todo vestigio fiable, haciendo casi imposible hacer un juicio aproximado de aquel misterioso pasado. Se ha venido hablando, escribiendo, indagando muy detenidamente sobre la más o menos antigüedad de nuestra ciudad y atribuyéndole múltiples emplazamientos, hasta el punto de ser catalogada como la ciudad misteriosa, debido también a su variada toponimia ya que fue conocida por innumerables nombres.

Ante todos estos interrogantes es perfectamente admisible pensar, que también estos núcleos de población que nuestro Jerez tiene en su entorno, estuvieron sometidos a este mismo fenómeno. No debemos olvidar las numerosas mutaciones, que en la corteza terrestre se han venido produciendo durante miles de años por incontables fenómenos naturales; adversos, geológicos y aluviales; pues todo ello es debido también a las especiales circunstancias de orden humano, con sus rémoras transformistas, religiosas y sociales. Dentro de una razonable apreciación, tengamos en cuenta que han sido numerosos los vestigios arqueológicos que en su extensa orografía se han venido descubriendo durante estos últimos tiempos. Todo esto nos induce a dar la razón a los muchos historiadores y geólogos, cuando afirman que el nivel del mar de hace tres mil años era muy superior al actual, lo que sin duda y a causa de esas alteraciones a contribuido a todas esas mutaciones que hoy observamos. Estos esforzados técnicos nos ponen en evidencia con su avanzada ciencia, una buena serie de descubrimientos que patentizan y aclaran la oscuridad de los siglos con asombrosa precisión. Si consultamos al geógrafo griego Estrabon, nos sorprende con su interesante geografía diseñada en los primeros años de nuestra era, la cual nos informa, que después de pasar por las columnas de Hércules, penetró en el “Sinus Tartesio” para remontar por un caudaloso río y a través de varias islas que eran llamadas Eritreas logrando llegar a un extenso lago llamado Ligur o Ligustino, el cual era tan profundo que se extendía desde la actual Sanlucar de Barrameda hasta muy cerca de la Bética (Sevilla), enorme espacio de tierra transformado hoy en una extensa y fructífera marisma.

Todo esto nos demuestra muy claro que el legendario Guadalquivir, llamado por los árabes “río grande”, no solo tenía salida al mar por el lugar que hoy lo hace, sino también por otro ramal que partía de la desaparecida ciudad de Asta Regia que se unía al río Guadalete, llamado por los cartagineses (Guadilakka) que en su lengua quiere decir “río del olvido,” curioso nombre que ostentó durante muchos siglos; todo ello por haber existido ciertas divergencias entre sus ribereños, las que al final fueron amigablemente olvidadas. Según numerosos investigadores coinciden en afirmar, que estos dos ríos se unían en las llamadas Playas de San Telmo lugar muy cercano a nuestra ciudad, cosa que hemos podido comprobar, ya que en estos acantilados se han descubierto algunos vestigios de aquella época.

Lo que unido a ello y según algunos historiadores opinan, que en un lugar no determinado de la actual urbe jerezana, fue elevada por los cartagineses una torre de vigía que llamaron “Turris Lacustana,” (torre del lago.) Todo esto nos da motivos a recordar algunos eruditos antiguos, los que en sus escritos mencionan con mucha frecuencia a una ciudad llamada del Lago, y que además aseguran que fuera contemporánea de los cartagineses: los que nos invadieron en el año 236 A. de C.

No es extraño que fuera, ya que son muchos los escritores que de ella hacen mención con insistencia. Y en verdad, que como punto de referencia tenemos la evidencia de nuestro río, que ellos llamaron Lacka y que en su idioma nativo significa lago, en cuyo patronímico se basaron los árabes que le llamaron Xeris, que en su léxico es curiosamente el mismo significado. Por lo que se infiere, dicho lago estaba conformado por la confluencia de ambos ríos, o bien por la cercanía del mencionado lago Ligustino.


La configuración del actual Jerez y debido a su emplazamiento nos demuestra, que siempre fue el refugio de todas las poblaciones costeras, y de todos los potentados que buscando el amparo de sus fortificaciones, huían de la constante presencia de los piratas que asolaban el litoral, por cuyo motivo se fue creando en este lugar una numerosa colonia. Ante estas emergencias, las que sin duda siempre se han producido, tenemos que recordar a Plinio, el que en sus famosos escritos nos delata la existencia de una ciudad llamada Del Lago, y que posiblemente se refería a este mismo lugar que hoy conocemos. El prestigioso escritor y geógrafo Jorge Alonso en su interesante obra “Tartesso”, emplea con alguna frecuencia esa misma toponimia. Ante todas estas hipotéticas y continuas transformaciones orográficas, producidas quizás también por exigencias político-bélicas, la verdadera historia de este delicioso rincón ibérico seguirá siendo un misterio: mientras este no sea desvelado por la moderna ciencia de la arqueología.

Hasta hoy no dejan de ser muy subjetivas las versiones de los llamados historiadores, los que a lo largo de los siglos nos han venido trasmitiendo sus erróneas opiniones orales, plagadas de plagios y juicios muy particulares, consiguiendo con ello desafortunadas confusiones. Ya el hombre con su lamentable comportamiento egocéntrico, siempre hizo patente su inconfesable egoísmo tratando por todos los medios de realizar las más inicuas injusticias, pretendiendo suprimir todo aquello que ha podido lesionar sus oscuros intereses.

Ya lo dijo Voltaire: “La historia no es nada más que una exposición de crímenes y desgracias”, Ante todo este axiomático planteamiento tenemos que preguntar: ¿Cómo nos atrevemos a escribir la historia asegurando ser verdadera, si a veces no queremos no nos interesa, o no sabemos describir lo que ocurrió ayer? Ante lo utópico de no existir la más mínima posibilidad de mantener un diálogo con nuestros antepasados de hace dos mil años, tenemos necesariamente que basarnos en la moderna ciencia de la arqueología haciendo hablar a las piedras, pretendiendo descubrir a través de ese metafórico lenguaje, el arcaico e inmutable proceder de los hombres. Los humanos siempre hemos sentido la necesidad de comunicar a los demás nuestras impresiones y nuestros juicios, no siempre muy claros, pues en la mayoría de los casos los hemos distorsionados por muchos e inconfesables motivos.

Siempre y de forma muy velada, se ha mencionado o escrito algo sobre estos tan controvertidos temas de la historia, trayéndolos a veces por los pelos, ya que la oscuridad de los tiempos no nos ha concedido en muchas ocasiones ni un atisbo de luz. Si pretendemos seguir una línea veraz y honesta con alguna solidez, tenemos que actuar con la máxima rectitud y con la más esclarecida lógica.

Es innegable y así está demostrado, que los hombres tuvieron que supervivir durante miles de años con los medios rudimentarios que la naturaleza puso a su alcance, y esgrimiendo sus congénitos e inmutables sentimientos: los que demuestran las complejas y oscuras noticias que tenemos de nuestros antepasados.

Pero lo verdaderamente cierto es, que siempre nos hemos adaptado al medio hostil que nos ha brindado la naturaleza, logrando supervivir a todos sus embates y utilizando el ingenio como animal racional, para defendernos de la fiera: nuestros más inmediatos depredadores. A pesar de todas estas hostilidades, hemos venido evolucionando muy lentamente como es evidente hasta nuestros días.

De toda esta serie de cosas por fin y gracias a nuestros arqueólogos, nos están desvelando las profundas transformaciones evolutivas de los humanos. Es posible también, que las más o menos acertadas noticias de los cronistas y sus planteamientos especulativos, no sean veraces ni objetivos, pues está claro que debido ese probado mercantilismo, ya nos cuesta describir todo aquello que pasó hace miles de años y en los que adivinamos una sociedad más igualitaria. Ante este desmedido afán de descubrir nuestro nebuloso pasado, hemos emprendido una descomunal tarea que, no deja de ser interesante.


A partir del siglo XVIII que se hicieron los primeros descubrimientos arqueológicos como fueron: los egipcios, las ruinas de Pompeya y Herculano y algunos más, ya nos empezamos a imaginar con una claridad meridiana, de todo el comportamiento de los seres humanos durante su oscuro transitar sobre la faz de la tierra. Es sin duda sugestivo hacer un análisis detenido de su inmutabilidad, de sus ancestrales costumbres y de sus muchas debilidades congénitas. A través de su insólito devenir y mediante la ciencia de la arqueología, con un poco de imaginación estamos observando a los pueblos y a sus gentes, con toda esa larga rémora de imperfecciones.

En este paradisíaco rincón que es nuestra Andalucía, es obligado y se hace necesario recordar a nuestros antecesores milenarios como lo fueron: los egipcios y algunos más, y por los que pacíficamente fuimos invadidos, los cuales nos dejaron su impronta y sus tradiciones, las que han llegada hasta nuestros días con asombrosa fidelidad. Todas nuestras más comunes manifestaciones, delatan ese grato sabor orientalista con evidente veracidad y que ponemos de manifiesto en nuestro sencillo quehacer de nuestra vida cotidiana. Estos comerciantes fenicios, fueron unos intrépidos navegantes que marcaron una pauta profunda y maravillosa al penetrar por las metafóricas columnas de Hércules, los que con una valentía sin límites fueron los primeros en penetrar en al llamado mar proceloso, algo que les dio la ocasión para descubrir unas tierras ubérrimas de una inmensa riqueza aurífera y ganadera, cuyos reyes eran los míticos Gerión y Argantonio. No fueron muy ingenuos aquello placenteros mercaderes, los que ante la asombrosa perspectiva de los ricos metales, esgrimiendo su enorme sentido, mercantilista y a cambio de ellos, nos dejaron la púrpura de Tiros y las cerámicas chinescas.

Los intrépidos fenicios muy sagaces se habían posesionado de los más importantes puertos del mar Rojo, para desde ellos lanzarse a las indias y de regreso visitar las costas de África y Asia; lo que corroboran las numerosas inscripciones encontradas en las islas de Borneo y que datan de dos mil quinientos años.

Más lejos aún y hacia los mares occidentales, los fenicios se establecieron sobre una parte considerable de los puertos mediterráneos, los que ofrecían grandes ventajas como lugares de mercados y especialmente Marsella, lugar perfectamente resguardado en la desembocadura del Ródano: verdadero emporio comercial desde aquellos tiempos.

Por último y adelantándose casi tres mil años a Vasco de Gama y J.S. Elcano, por orden del rey de Egipto Nachao II, iniciaron la circunnavegación completa del continente africano; desde el mar Rojo hasta el Mediterráneo. Todos los mercados lejanos de fundación fenicia, solo podían continuar unidos a la madre patria por los lazos morales del parentesco, por continuidad de lenguas, por tradiciones y prácticas religiosas, tendentes estas a modificarse mediante la presión de medios diferentes. La distancia de su lugar de origen era proclive a romper los lazos políticos y religiosos, ya que Tiro y Sidón no tenían tropas coloniales dispuestas, pues esto estaba totalmente prohibido. Era lógico que fuera, ya que cuidadosos de la libertad de iniciativa y el buen sentido práctico de excelentes comerciantes así era aconsejable. El poder político de las ciudades fenicias no pudieron ejercerlo en cierta medida, nada más que sobre las tierras del Mediterráneo oriental; pero siempre bajo una forma diferente de conquista, toda vez que el comercio de cambio necesitaba la producción de la riqueza y una necesaria concordia con los productores.

Es curioso y al mismo tiempo anecdótico, como a través de milenios la historia se repite de igual manera pero de distinta forma. Hoy estamos contemplando con la mayor pasividad, al llamado fenómeno migratorio de numerosos países pobres, cuyos ciudadanos exponiendo sus vidas y huyendo de la miseria caminan hacia la muerte, la que en muchos casos en ella encuentra su liberación Pero consultando la historia podemos comprobar que esta terrible diáspora se viene produciendo desde incontable civilizaciones y hasta nuestros días. Desde el reducido espacio que ocupaba el país de los fenicios, incómodo y miserable, la emigración se disparó de tal forma, que no solo arrastraban a piratas y aventureros, sino también a familias enteras que ante las noticias de los ricos mercaderes y orientados por ellos, se establecían en lejanas tierras y en sitios favorables donde esperaban encontrar provechosa acogida y una vida libre. Cuando los emigrantes lograban sus propósitos se extendía con rapidez esta propicia ocasión, por medio de los intrépidos navegantes que de continuo recorrían el Mediterráneo. Después de fortificar el lugar donde se asentaban, ellos tenían la impresión de estar en la verdadera Fenicia practicando sus costumbres, hablando la lengua de Sidón y adorando a sus dioses. En sus habituales rituales el cuadro etnológico del Génesis dice ser de raza semítica; se parece de tal forma al culto de los fenicios, que se puede considerar como auténtico. Este pequeño país sujeto a un estrecho litoral, poseía el monopolio de las grandes navegaciones en el mundo entonces conocido, y suministraba a todos los vecinos las materias precisas y preciosas que importaban de los más apartados rincones.

Para su transporte no solo utilizaban las vías marítimas, sino también en grandes caravanas a través del desierto. Los fenicios poseían grandes factorías en tierra de sus poderosos vecinos: en Tanis, Menfís, Siria y Mesopotamia, donde se vanagloriaban de ser fundación Sidónica. Ellos no pretendieron nunca el sueño de una dominación universal, solo se acomodaban a las leyes estrechas y severas de los pueblos; pero mantenían en sus manos, el comercio de sus opresores. Ante tan favorable circunstancias terminaban por situarse en estos lugares tan privilegiados, como lo hicieron en nuestro luminoso litoral, en el que no solo establecieron sus más importantes factorías, sino que además le sirvieron como punto de partida para costeando poder llegar hasta las islas británicas.

Si observamos con detenimiento nuestros hábitos, no tenemos más remedio que relacionarlos con el sentir rutinario de aquellos pueblos, por los que fuimos invadidos y colonizados. Sobre este tema encontramos un auténtico mosaico de apreciaciones que existen entre los eruditos e analistas que lo comentan con destacado énfasis. Los fenicios y entre sus costumbres siempre dejaron traslucir un desmedido amor a la vida contemplativa y sibarítica y a la que curiosamente somos muy aficionados los andaluces. Ante tan familiar costumbre nos asalta una profunda duda, si fueron fenicios o los egipcios nuestros primeros colonizadores; pues como es evidente nos impresiona la enorme similitud de sus costumbres con las nuestras.

El historiador griego Heródoto en uno de sus libros nos comenta “Los egipcios clásicos eran personas alegres, volubles, sentimentales, ruidosas y pacíficas, grandemente preocupados por la vida ultraterrena, obedientes, hospitalarios, respetuosos con la vejez, dados a las ceremonias y muy supersticiosos”.

Todo esto denota que los egipcios son maestros en precesiones, concursos festivos y ofrendas religiosas. Estas solemnidades las celebran con alguna frecuencia y en las que se puede apreciar como las mujeres armadas de sonajas y castañuelas no paran de repicarlas; así como los hombres tañen sus flautas sin descanso: sin parar de cantar y palmotear.

Cuando inician una de sus romerías a través del río Nilo y al pasar por algunas ciudades que jalonan sus orillas, incansables las mujeres no paran de danzar al compás de sus típicas zambras; y otras insultan a sus vecinos con terrible griterío: y muchas puestas en pie levantan sus vestiduras.

Ante estas remotas costumbres, es obligado compararlas con las que venimos practicando en nuestra región andaluza durante milenios, y hasta nuestros días. Es increíble como se ha venido manteniendo con la mayor lozanía, ese colorista folclore en todas nuestras manifestaciones festeras, y como con un sentimiento profundo patentizamos un especial regusto por el más depurado arte. Es curioso comprobar como la “bailaora” al mismo tiempo de lucir su atuendo cargado de abalorios y volantes, mueve sus brazos, sus manos y todo su cuerpo, como si de una oriental geisha o egipcia se tratara. Es así mismo sugerente como el entorno de nuestras fiestas está profusamente adornado del colorista farolillo, cadenetas y banderolas; y como algo espectacular se cubren con el esplendoroso mantón de Manila.

Ante la contemplación de este exuberante colorido nos da la impresión de haber detenido el tiempo. Es sugestivo, cuando profundizamos en las diversas religiones o creencias que por estos pagos aterrizaron, las cuales nos dejaron ciertos vestigios de sus templos, y que hoy hemos localizados los lugares de sus emplazamientos. En ellos adivinamos como con estas creencias practicaban sus ritos y adoraban a sus dioses. El sofista griego Flavio Filostrato, nos hace una perfecta definición del famoso templo de Hércules el que, según su particular opinión, lo sitúa en una isla frente al primitivo emplazamiento fenicio de Gadir o Gadeira, que si bien es conocido por sus claras connotaciones con la cultura púnica, tiene en su parte más profunda una definida tendencia egipcia. Por tales motivos fue este santuario el más destacado de la antigüedad; como denota el hecho de haber recibido personajes tan famosos como fueron el general cartaginés Aníbal y el dictador romano Julio Cesar, siendo esto posiblemente lo que le diera un enorme prestigio por el hecho que hicieran también sus correspondientes ofrendas ante sus altares. En sus Aras y en el lugar del Holocausto siempre ardía el fuego sin que jamás se extinguiera, siendo esto posiblemente lo que le proporcionó la admiración y beneplácito de las civilizaciones paganas.

También nos comenta la historia, que los dioses fenicios admitían los sacrificios humanos, ya que en la antigua Gadeira era obligado hacer ofrendas de niños para la hoguera del dios Moloch, al que se le erigió un templo en la populosa ciudad. Pero este ritual fue transitorio, ya que hubo un total rechazo por parte de los refinados y cultos tartesios que, ya tenían sus antiguas costumbres. A pesar de estar situado en lo que entonces se consideraba los confines de la tierra, acudían al santuario de Hércules peregrinos de todos los países y de los más apartados rincones; lo mismo que hoy lo hacemos a Jerusalén o Santiago. Los hombres de aquellos arcaicos tiempos como los de ahora, manifestando sus profundas creencias en un Dios creador, depositaban sus ricas ofrendas en aquel remoto santuario, tras un largo y penoso caminar.

Según nos comenta el geógrafo y escritor grecorromano el onubense Pomponio Mela, haciendo una somera descripción de sus riquezas, nos confirma la grandiosidad de su trazado y nos patentiza ciertas costumbres en sus principios, donde no le era permitida la entrada a las mujeres; aunque más tarde se olvidaron de estas reglas, a condición que las féminas se cubrieran la cabeza con un velo. Pero en realidad el mítico santuario se conoce de una forma somera, gracias a las monedas encontradas en distintos lugares de nuestra geografía y en las que se aprecia su contorno con relativa nitidez.

En ellas se observan una gran nave y detrás de esta una airosa torre.

Pero el detalle de mayor suntuosidad eran sus dos columnas frontales de bronce, y que según otros eran de oro y plata. Dentro del Heraclion se guardaban sus fabulosos tesoros que se fueron acumulando durante siglos y que como es lógico adivinar eran en su mayoría ofrendas de los fieles.

Al mencionar a la mítica, yo diría inconclusa región tartesia, se adivina en ella una amalgama de culturas griego-egipcia, las que de alguna forma las tribus ibéricas se vieron precisadas a adoptar, lo que en principio diera origen a practicar cultos astrales y solares, así como a divinidades de tipo diosa-madre. Estuvieron también muy influenciados por oriente, con sus ancestrales sistemas paganos; sin olvidar que ya desde muy antiguo en la península ibérica se le daba culto a la Luna y el Sol.

En el poema de Avieno nos informa, de islas y promontorios donde se elevaban oraciones a las deidades marinas. También le hicieron culto al toro o a la paloma, detalle que tiene una clara relación con la mitología de Gerión, y nos recuerda los ritos a la diosa de la fecundidad, sin olvidar tampoco a las religiones cartaginesas, las que también tuvieron una gran influencia en el mundo tartesio. Estos adoptaron muchos símbolos y lo aplicaron a su propia idiosincrasia, al mismo tiempo que lo hacían con el arte. Fueron numerosos los templos que existían, dado a su carácter pagano, y que algunos vestigios han llegado hasta nuestros días como fueron: “el de la luz dudosa” en Sanlucar de Barrameda, ”el luciferun” en Chipiona, “el de Gerión en Puerto Real y el de la diosa Ceres en Jerez; que algunos eruditos historiadores entienden, que de ahí deriva su actual denominación. Esta diosa fue hija de Saturno y de Cibeles, diosa latina de la agricultura y además también Demeter griega. No es descabellado pensar que así fuera, dado a la fertilidad de esta bendita tierra. Debido a todas estas incidencias, es necesario recordar a todos los más recientes investigadores tales como: Schulten, Maluquer, Bellido, Blázquez, Jorge Alonso y a nuestro ilustre paisano Manuel Esteve Guerrero, los que a lo largo de sus vidas se dedicaron a la investigación, pretendiendo desvelar el misterioso tema de la región o metrópolis de la mitológica Tartesso.

Ellos con estimable y obstinada dedicación, pusieron de relieve una porción de objetos rescatados de sus proporciones arqueológicas, las que evidencian una clara procedencia oriental y contemporánea de la nebulosa Tartesso: que también las identifican con otras griegas y egipcias. En este amplio espacio que compone nuestra Andalucía considerado de influencia tartesia, no solo han aparecido numerosas piezas fabricadas con metales preciosos, tale como el tesoro del Carambolo y el de la Eliceda, sino también y después de tres mil años, han visto la luz nuevamente una buena cantidad de utensilios de bronce: braceros, jarras, asadores, figurillas, trípodes y entre ellos algunos objetos de culto: timiaterios, candelabros y otras cosas similares. Esto nos permite imaginar y de hecho nos informan, de los misteriosos ritos que celebraban estos vetustos moradores en los distintos lugares de nuestra comarca.

Pero lo que nos sorprende al observar con detenimiento, el paralelismo de estos objetos con los actuales, y algunos son todavía de uso corriente. Ante estas evidencias es necesario recordar a la primitiva población cananea, donde a Dios lo asociaban o interpretaban como al cielo o la fertilidad, el nacimiento, la muerte y en definitiva a la naturaleza. Para los hebreos, cuya vida se desarrollaba en el desierto, Dios estaba representado bajo la analogía del fuerte viento, que en ciertos momentos soplaba con fiereza y que ellos lo interpretaban como la respiración de Dios.

Todo esto demuestra con claridad, que todas las civilizaciones se inventaron un mito y obligaron a sus seguidores a creer en el sin permitirles un análisis detenido: debemos creer sin hacer ninguna pregunta.

Cuando las primeras naves fenicias con sus enormes velas cuadradas y sus pictóricos mascarones de proa, impulsados por numerosos remeros avistaron a nuestro litoral, quedaron maravillados de su enorme belleza paisajística y por su variada orografía. No es extraño que así fuera ya que en aquellos confusos tiempos, este luminoso rincón ibérico se componía de varias islas divididas por numerosos canales, cuyas riveras estaban orladas de frondosos bosques donde pastaban grandes manadas de los más exóticos y variados animales; entre ellos el legendario toro bravo y los hermosos equinos, que corrían con completa libertad y en estado semisalvaje. Todo esto tuvo lugar en el segundo milenio antes de J.C. siendo ello motivos para la fundación de Gadir (Cádiz); lugar establecido como centro del comercio fenicio, y ante la sabrosa perspectiva de los metales tartesios. Ante el panorama de su innegable riqueza, se fueron expansionando a lo largo del litoral Mediterráneo para fundar más tarde: Malaka, (Málaga) Sexi, (Almuñacar) Abdera (Adra) (Provincia de Almería) y muchas más, ya que siempre encontraron la cordial acogida de sus de sus sencillos y pacíficos moradores.

Los fenicios tuvieron siempre la máxima delicadeza con las costumbres de los aborígenes, lo mismo con sus creencias que con su léxico, sin dejar por ello de introducir, aunque lentamente las suyas, las que sin duda todavía perduran. En aquella lejana época, entre ellos predominaba el alfabeto y la lengua semítica, por cuya causa se le atribuye a los fenicios la invención de la escritura alfabética, lo que a su vez difundieron a otros pueblos mediterráneos. Estudiaron el fenómeno de las mareas y observaron la posición de las estrellas, para orientarse en la navegación nocturna. Se cree que su literatura debió tener una inspiración religiosa, ya que su lengua es muy similar al hebreo.

Los cartagineses, sucesores de los fenicios, fueron superiores como industriales ya que gozaban de una enorme fama como fabricantes de tejidos, pues poseían el monopolio de la tintura para el color de la púrpura; siendo también los mejores, casi los únicos en la fabricación del vidrio. Sus instrumentos de metal y sus cerámicas eran muy apreciados en todos los países que visitaban con sus barcos, pues por todas partes se procuraban las materias primas que le eran necesarias: alimentos, maderas, fibras, metales, a cambio de objetos manufacturados. Su absoluta superioridad comercial y el enorme contraste de sus productos con los rudimentarios de los extranjeros, les permitían tener un continuo movimiento de cambio mediante el trueque, pues no teniendo ninguna necesidad de emplear un signo representativo de los valores ya que sus transacciones las efectuaban mediante dicho sistema; dejaron a los lidios y griegos, el honor de inventar la moneda.

Pero quizás les correspondieran una gloria mayor, debido a sus continuos viajes a todos los pueblos de lenguas diversas, lo que les obligaban a ingeniarse para reproducir los sonidos, viéndose obligado por ello los fenicios a simplificar la escritura mediante la invención del alfabeto, en el que en cada signo no tiene más valor que una sola articulación fonética. Si comparamos a los fenicios con los helenos en el contexto de nuestra civilización, se ha podido demostrar que los tirios poseyeron sin duda un horizonte más amplio, gracias todo ello a su espíritu aventurero mediante sus navegaciones ilimitadas, podemos decir con toda seguridad, que después de ser desplazados por los griegos, el mundo conocido de aquellos tiempos, se redujo grandemente. La civilización y el progreso que los fenicios habían extendido, ya excedía los límites de la vertiente mediterránea; por lo que se puede constatar, que ellos fueron los iniciadores de este espectacular avance en el que hoy estamos inmersos. Después de aquella insólita circunnavegación de África, fueron sin duda los precursores de nuestra nueva era mundial; ya que en sus cartas de navegación reflejaron noticias a su paso por el cabo de Buena Esperanza, el haber vislumbrado en lontananza y obtener noticias de un nuevo continente.

Así se explica ese exacerbado odio que le mostró Grecia a tan molestos rivales: a pesar de ser sus maestros más destacados y civilizados.

Fenicia era un simple país con un corto litoral marítimo sin extensión hacia el interior, los que ante esta evidente debilidad fueron anexionados a los imperios del centro y sus puertos fueron expoliados por los reyes persas. Es por esto que las luchas de su flota con las de Grecia, que les disputaban el imperio del mar, tuvieron un carácter feroz. Al verse sometida a un amo tan poderoso, los fenicios se aferraron con desmedida tenacidad a sus proyectos comerciales. Ante tan lamentable servidumbre, los marinos fenicios se unieron con celo reivindicativo a los aliados del Gran Rey, para poder desplazar a sus ejércitos y librar sus batallas. Pero los griegos se vengaron con creces, pues siguiendo a Alejandro se apoderaron de Tiros para saquear y destruir sus flota.

Arruinan a sus talleres y arsenales para finalmente trasladarse a Alejandría, puerto de la nueva ciudad mundial y la que poseía la mayor parte del comercio de oriente y occidente.

A partir de ahí y en lo sucesivo, apenas se conoce Fenicia, la que siempre fuera ignorada y vilipendiada por la mayoría de los escritores griegos. Pero nosotros los andaluces le debemos gratitud de haber sido los precursores y forjadores de nuestra idiosincrasia, en la que patentizamos nuestro profundo amor a la paz y a las artes, lo que nos permite vivir en esta bendita tierra saturada de luz y color.



JOAQUIN NARANJO GUERRERO


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