Recuerdos calle San Agustín

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JUAN J. ROSA SÁNCHEZ

León para Jerez

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JerezSiempre Destaca.png San Agustín

RECUERDOS DE LA CALLE SAN AGUSTÍN


En la calle San Agustín transcurrió parte de la vida de una pandilla de chaveas que vivíamos en esa y en otras calles cercanas por los años 40-50. Nuestro sitio de encuentro era la casapuerta del primer edificio de la izquierda que marcaba la curva. Era un portal inmaculado, de mármol, amplio, fresquito, de techo alto y blanco que convertimos en cubierta de estalactitas mediante lanzamientos de colillas, convenientemente humedecidas, utilizando los dedos corazón y pulgar como catapulta y donde estábamos comodísimos. El único problema era que con nuestras voces, afanes decorativos y juegos molestábamos a un señor que vivía en el piso bajo izquierda el que, de cuando en cuando, salía para llamarnos la atención. Naturalmente nos callábamos de momento porque huíamos pero enseguida regresábamos, era nuestro cobijo. Además aquel hombre tenía una sobrina mexicana de la que estábamos todos enamorados aunque nunca la vimos, todo lo más la vislumbrábamos alguna vez entre visillos y cortinas.

Es hora de reconocer públicamente que aquello era una gamberrada, al menos, aunque también pudo ser un delito contra la salud pública y un atentado contra la propiedad privada. Confiemos en que aquel señor y su familia nos hayan perdonado y el o los delitos o faltas hayan prescrito.

Por entonces, aquella parte de la calle (que ahora es una rotonda) era una gran explanada donde jugábamos al fútbol con pelota de trapo. Siempre había algún manitas que a base de papel y trapos viejos, convenientemente prensados en forma esférica y rodeada con una cuerda en forma de red la construía de manera impecable. Más tarde aquellas pelotas se convirtieron en balones de badana y después de cuero con cámara y boquilla que se cerraba con una tira de cuero que se quedaba marcada en la frente si tenías la desgracia de rematar de cabeza con esa parte del balón.

Con los coches que venían de El Puerto o de la calle Armas no había problemas: nos avisaban con la bocina o con el claxon, parábamos, dejábamos que pasaran y a seguir regateando, chutando y rematando. Total eran uno o dos cada media hora o más. Allí en aquel nuestro campo de fútbol, durante un partido nos enteramos de que Zarra había marcado un gol a Inglaterra en el Campeonato del Mundo celebrado en Brasil (1950), lo que le supuso a la Selección Española clasificarse entre los cuatro equipos mejores del Mundo.

El problema eran los guardias de la porra, ya que estaba prohibido jugar a la pelota en la calle y, naturalmente, ellos cumpliendo con su función nos echaban y hasta nos hicieron alguna que otra redada, pero nuestra estrategia para huir era hacerlo en bloque por la calle Fate. El guardia que taponaba aquella estrecha calle o se quitaba o lo arrollábamos; naturalmente el agente, con buen sentido, se refugiaba en algún portal y nosotros celebrábamos con gran algarabía nuestro éxito, hasta que un buen día en vez de un guardia había más que no se quitaron y cazaron a uno de nosotros (concretamente a mi hermano) al que llevaron al cuartelillo, que estaba en los bajos del Ayuntamiento, y allí lo tuvieron un rato. Los demás nos situamos en la pared de enfrente y a través de una ventana enrejada veíamos a un guardia rubio y fuerte fumar debajo de una bombilla, lo que nos causaba la impresión de que nunca dejaba de echar humo.

En el primer tramo de la calle estaba el cuartel de la Guardia Civil, como uno de los componentes de la pandilla era hijo del Cuerpo nos sentíamos protegidos por él. Bien es verdad que nunca hicimos nada para que tuvieran que intervenir. Al lado del cuartel estaba el cine de verano San Agustín con salamanquesas que estaban siempre en la pared que servía de pantalla y alfombra de cáscaras de pipas que desde mediados de la temporada cubría el suelo. Pero nosotros usamos el cine para otro fin: estuvo un tiempo cerrado por obras o por lo que fuera y dentro del local había escombros; a alguien se le ocurrió que si entrábamos por el hueco de la taquilla podíamos utilizar aquel terreno para nuestras pedreas amistosas puesto que había munición, parapetos y trincheras. Así lo hicimos y más de una vez salimos del “cine” con algún contendiente descalabrado.

Y había un centro de enseñanza, la Academia Santo Tomás de la que era Director don Ernesto Briosso y de la que fuimos alumnos mis hermanos (Fernando y Encarni) y yo durante varios cursos. Recuerdo que D. Ernesto, en presencia de mi madre, me surtió de papel y lápiz y me hizo el examen de ingreso siguiente: “A ver, escribe ahí tu nombre”; lo hice naturalmente y dijo, mientras me afanaba en la tarea, “Cuando te mueras escribirás igual de mal.” Fui admitido a pesar de mi mala letra y me dieron clase tres maestros, uno era D. Ricardo (primer grado), otro era su padre (segundo grado) y un tercero que preparaba para el examen de ingreso en el Instituto o en la Escuela de Comercio, que eran los centros superiores de enseñanza que existían entonces en Jerez. Este último profesor, también ayudaba a los que cursaban bachillerato a estudiar para estar al día en sus conocimientos.


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