Reventón de Quintos

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JUAN J. ROSA SÁNCHEZ

León para Jerez

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RECUERDOS DEL REVENTÓN DE QUINTOS


El Reventón de Quintos que yo guardo en mi memoria era una barriada de las afueras de Jerez, que allá por los años 40 y 50 del siglo pasado tenía una calle principal, la carretera, que comenzaba en el Palenque y terminaba en el cruce con la cuesta de La Alcubilla. A la derecha, bajando había una edificación en la que estaba instalada una herrería con fragua y obreros con martillo para señalar y mazo para golpear. A continuación estaba la calle Lindos (encerrada entre dos paredones), a la que nosotros los chaveas del barrio le pusimos de sobrenombre “mojones”, por lo que quedó bautizada como “Lindos Mojones” que comunicaba la plaza de Silos con la carretera y era bastante complicada de recorrer por la cantidad de excrementos (se diría que eran las letrinas de los alrededores) que había que sortear hasta alcanzar la escalinata que bajaba hasta la carretera. Haciendo esquina con la calle Lindos (devolvámosle su nombre original) estaba El Cerrillo donde jugábamos y de donde continuamente nos echaban porque debía ser una finca particular; y, siguiendo por ese lado de la carretera había unas pocas casas (en una de ellas habilitaron sus dueños una pequeña tienda) hasta llegar al cruce.

En la margen izquierda, al comienzo de la carretera, estaba el Palenque donde se mercaban y vendían frutas y verduras. Tenía una boca de riego enfrente en la que hacíamos larguísimas y, a veces, ordenadas colas para llenar todos los cacharros posibles de agua con la que poder cubrir las necesidades de las casas en las épocas de restricciones que eran muchas. Al primero de los caminos que bajaban hacia la vía del tren de Sanlúcar le llamábamos la calle Algarve (en ella vivía una mujer a la que sorprendieron con un hombre que no era su marido) y al segundo le decíamos, pomposamente, la calle Larga.

En una casa situada en la esquina que formaban esa calle Larga con la carretera vivimos mi familia y yo muchos años. La casa de enfrente la habitaba La Jaramilla (no sé si era su apellido o su mote porque tenía el tejado lleno de jaramagos) y al final de la calle, a la derecha, tenía su residencia Rafael del Águila, guitarrista flamenco, del que se ha dicho que moraba “en una vivienda que olía a libros, a papel, a tinta, a imprenta y a guitarra.” Había más calles que bajaban hacia la vía pero no recuerdo sus nombres. Lo que si me ha venido a la memoria es que en una de ellas vivía El Pili, artista retirado, que daba clases de baile a niñas (una de ellas era mi hermana). Más abajo, ya cerca del cruce había, un conjunto de casas en el que nunca entré. ¡Ay, aquella carretera, cuántas carreras, juegos, peleas a puñetazos y a pedradas, risas, enamoramientos, llantos y amistades cobijaron!

Encajar en la vida del barrio fue difícil. Allí había pandillas ya organizadas muy celosos sus jefes de sus poderes y ellas de sus competencias y, sobretodo, muy exigentes con los nuevos vecinos, pues los que procedíamos de otras zonas éramos niños finos que estábamos invadiendo su territorio. Una de las bandas tenía un jefe: El Chino, pelado al cero, nervudo, de bofetada fácil con el que hubo que luchar para ganar la consideración de miembros de pleno derecho. De ganar la pelea se encargó mi hermano –mayor que yo- pero beneficiarios fuimos los dos.

La vía era el lugar al que nos escapábamos para ver pasar el tren y observar como algunos viajeros tiraban abultados sacos por las ventanillas y otras personas los recogían. Era todo un espectáculo. Los años cuarenta fueron muy bonitos porque los niños gozábamos de mucha libertad pero muy difíciles y, en algunos casos, peligrosos. La calle era parte de nuestra casa, lugar de aprendizaje, patio o parque en el que jugábamos, merendábamos y aprendíamos lo que convenía a nuestra edad pero también lo que no. Ahora, los niños han perdido ese espacio que ha sido ocupado por automóviles y otros artefactos de la modernidad y la civilización.

Una noche el suelo de la casa se movió y las paredes parecían que oscilaban. Mi madre nos mandó salir corriendo a la carretera: era un terremoto. Otra noche oímos un ruido tremendo: la explosión de Cádiz; el cruce de La Alcubilla era un continuo río de coches trayendo gente de Cádiz hacia Jerez, Sevilla... Otro día la radio y la gente nos dijeron que un toro, en Linares, había cogido y matado a Manolete. Fue mal verano aquél de 1947, pero hubo más veranos y primaveras e inviernos que gozamos plenamente.




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