Veranos en la Corta

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JUAN J. ROSA SÁNCHEZ

León para Jerez

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VERANOS EN LA CORTA


No todo el mundo podía ir en verano a Sanlúcar, al Puerto, a Fuentebravía, a Rota, a Chipiona, o a alguna de las otras playas próximas a Jerez que tenían muchos atractivos: estaban cerca y eran poco frecuentadas por bañistas;allí, o al ir o al venir se podían comprar melones o sandías y hasta bajarse del tren y coger algún que otro racimo de uvas de las viñas colindantes con la vía para, una vez recuperado el medio de transporte, recrearse comiéndolas y repartiéndolas entre los amigos. ¡Qué tomates los de Rota! ¡Qué melones y qué Manzanillalos de Sanlúcar! ¡Qué uvas las de Chipiona! ¡Qué vino el de Jerez! Además, aquellas playas eran seguras y muy limpias.

Había que tener tiempo y, sobretodo, dinero para pagar los medios de transporte que costaban una fortuna: tiques para los padres, los niños, las suegras y algún que otro allegado que podía ser un amigo de los niños o un familiar con menos medios todavía. Lo del poco tiempo se podía solucionar porque siempre ha habido y habrá algún que otro domingo para pasarlo con la familia al aire libre, pero las pesetas eran las pesetas y con el trabajo que costaba ganarlas…

Pues una solución para pasar esos domingos del verano, con la familia, era irse a La Corta pero no a poner la zarampaña con la que pescar sábalos cuando remontaban el Guadalete para desovar, ni tampoco a coger crías de anguilas: las famosas angulas de La Corta; sino a bañarse, comer, volverse a bañar, volver a comer, requetebañarse, requetecomer y rezar para que no se produjese un corte de digestión y cuando llegaba la bajamar (si tocaba por la tarde) y apretaba el calor dormir una buena siesta o dedicarse a cruzar el río de una orilla a otra procurando no pisar los charcos para no mojarse los pies. Así se quedaba el Guadalete durante el tiempo que duraba la bajamar, seco, sólo había agua desde la Corta hacia arriba, hacia Cartuja.

Y nuestros cuerpos, ¿cómo se quedaban? Al final de la jornada, exhaustos y con quemaduras de no sé qué grado, que lo único que pedían era una habitación fresquita y en penumbra, una buena y cómoda cama en la que tenderse boca abajo y unas manos: las de mamá dando friegasmuy suaves en la espalda, de vinagre rebajado con agua,¡oh, que delicia! Al día siguiente las ampollas eran impresionantes, pero lo habíamos pasado tan bien… Las quemaduras se hubiesen evitado si hubiéramos tenido cremas protectoras y la recuperación se haría mejor con la aplicación de otras regeneradoras, pero el vinagre con agua era un remedio excelente y, además, las cremas preventivas y renovadoras ni se conocían.

El viaje, en bicicleta a La Corta se podía hacer como lo hacía parte de nuestra familia: mi padre ocupaba el sillín porque conducía y daba pedales, mi hermana como era la más pequeña se sentaba en la barra para ir más protegida; mi hermano como era mayor y por lo tanto más antiguo y la antigüedad, ya se sabe, es un grado, pues eso, que se colocaba en el portaequipajes. Entonces ¿dónde iba yo?: en el manillar naturalmente. Aquellas bicicletas eran como unos años más adelante fueron los 600: total y absolutamente elásticas.

Ir a Cartuja a bañarse en el río, era otro cantar: estaba más lejos, no se iba en familia sino que individualmente o por grupos de amigos, andando o en bicicleta y con el incentivo del riesgo, pues se decía que era peligroso el Guadalete por aquellas alturas en las que nos bañábamos: que tenía muchos remolinos, y era verdad, se veían; y que a más de uno se lo habían tragado las aguas. Así que bañarse por allí era descargar adrenalina a toda pastilla.Por cierto, que tanto en el Guadalete, como en el Guadalquivir y demás ríos como en todas las playas se debe tener en cuenta siempre que el que nada no se ahoga –por lo tanto hay que aprender- y que mejor nadador es el prudente que el osado.


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