Anexo V Informe Ciudad del Vino

De JerezSiempre
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(Informe elaborado por Casto Sánchez Mellado para acompañar la solicitud de declaración de Bien de Interés Cultural como paso previo para la declaración de Patrimonio de la Humanidad) Jerez2020


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ANEXO V


Consideraciones al borrador de memoria de Miguel Florián, poeta. Profesor de Filosofía. Sevilla.


JEREZ, CIUDAD DEL VINO

¿Quién te vio y no te recuerda?

Federico García Lorca


Haber vivido en Jerez de la Frontera supuso para mí -¡hace casi veinticinco años!- una experiencia inmensa e intensa, con un carácter que no dudaría en calificar de ‘iniciático’, pues allí fue mucho lo que se me reveló. Ya apartado de ella la siento en mí como se siente aquello que hemos amado mucho (que seguimos amando) pero que ya no poseemos. Existe en el hombre una memoria orgánica que, difícilmente, se acomoda a las palabras. Cuando, de tarde en tarde, regreso a la ciudad, renace en mí el rescoldo de la ‘antigua llama’, y la vivo en una realidad indiferenciada, en donde el presente y el pasado se confunden. Jerez produce una honda emoción estética, y es que es una ciudad bellísima, posee un aire entre andaluz, castellano e inglés que la confieren una armonía singular. Se ve en sus gentes, hombres y mujeres, descendientes de encuentros multiculturales y multirraciales. En ella como en ninguna otra ciudad andaluza se ha sabido integrar la población gitana ("¡oh, ciudad de los gitanos!", exclama Federico). De sobra sabemos como la industria vinatera atrajo hacia sus tierras gentes de Europa: franceses, irlandeses, ingleses... Jerez, sin fronteras. Es una ciudad amable. No me refiero a la amabilidad de sus gentes (que lo son) sino a la de sus calles empedradas, de sus alamedas, de las plazas recoletas donde tan grato es sentarse a leer un periódico; es la suya una amabilidad materna, que ampara y deja libre el paso.

El nombre de Jerez nos trae de inmediato a la conciencia sus referentes más comunes: el flamenco, los caballos cartujanos, las revueltas campesinas del siglo XIX..., y más recientemente, las motocicletas; pero indiscutiblemente, su referente máximo, su referente por antonomasia, es el vino. Es su ‘otra mitad’, su símbolo. Ese río caudal cuyo venero se confunde en el tiempo y que todavía, generoso, mana con un sabor de siglos hasta nuestras copas, como una savia inagotable y viva. Jerez es, irremediablemente, ‘la ciudad del vino’.

Ahora, en la memoria (la memoria orgánica), vuelvo a sentir el frescor de sus bodegas, esos enormes santuarios callados; revivo el recogimiento de aquella atmósfera fragante, y la humedad de sus botas donde se gesta el vino, y el murmullo secreto de los lagares... (ah, las bodegas, con sus jardines luminosos, con sus aves encendidas...). Si el vino en las bodegas posee un cierto gusto sacramental, en los tabancos, ruidosos y apretados, se torna extrovertido, alegre y bullicioso.

Por todo ello, no sólo me parece oportuno, sino obligada, la iniciativa de proponer, por parte del Grupo Municipal Socialista (PSOE), a la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía la Declaración de Bien de Interés Cultural del CONJUNTO PATRIMONIAL "JEREZ, CIUDAD DEL VINO". Me sumo a tal propuesta, y aprovecho la ocasión para sugerir, por mi parte, algo cuya falta me sorprende tristemente: me refiero al hecho de que una ciudad que da nombre al vino más notorio de la península no organice regularmente una Feria Internacional de Muestras alrededor del mismo. Creo que es una carencia que debiera subsanarse cuanto antes.




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