Xerez Sadunia II El Toro
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| Joaquín Naranjo Guerrero Jerez 26 – 5 - 2008 |
El Toro |
| Capítulo 1 | Introducción | Carnavales | Gran Zulema | Blanca Paloma | Los Toros |
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| Capítulo 2 | Personajes | Higos chumbos | Indumentarias | Casas- Palacios | La Música | Tabanco-tiendas | El Caballo |
|---|---|---|---|---|---|---|---|
| El Toro | El Deporte | La juventud | Calle Larga | Escuela Prensa | El transporte | Pregonando | Mirada atrás |
| Capítulo 3 | Roma y El Teatro | Circo Romano | Capítulo 4 | Los Visigodos |
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| Capítulo 5 | Los Arabes | Corpus Christi | Valencia Andalucía | Lola de España | Flamenco |
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| Capítulo 6 | Fiesta, Cante y Baile | Capítulo 7 | Moros y Cristianos | Capítulo 8 | Al Andalus |
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El Toro
Es por ello que no hemos olvidado todavía esa herencia papirofléxica, que nosotros los andaluces la adoptamos con mucho cariño y entre ellas al pictórico abanico dignos siempre de mencionar en nuestra expresiones poéticas.
LAS DAMAS DEL ABANICO
Papiroflexia exquisita
Los fenicios nos legaron,
En honor de la mocitas
Para que luzcan con garbo
El abanico brillante,
Reluciente como el oro,
Con estilo deslumbrante:
Como si fuera un tesoro.
Acción bella y placentera
Con frescura sin igual,
Muy arrogante y entera
Moviéndolo muy especial
Con prestancia angelical
Henchida de sentimiento:
Como el profundo cantar
Cuando se lleva muy dentro.
Estos orientales listos
Nos legaron maravillas,
Algo que no era visto
En la Tartesso sencilla.
A cambio de oro y plata
Y de sapiencia ortodoxa:
Ellos nos dieron la lata
Para llevarse otras cosas.
Bien nos dejaron su impronta
Muy difícil de olvidar:
Papelillos, cadenetas,
Y ese farolillo audaz
Que penden de tantas partes
Decorando ciertos sitios,
Alumbrando con su arte
Al pictórico abanico.
Estas mujeres garbosas,
Elegantes, sugerentes,
Con una belleza hermosa,
En ellas está latente
No dejar de abanicarse;
Y nos causan gran placer,
Ver ese idílico instante
De tan grato acontecer.
El oriental abanico
Tiene un lenguaje festero,
De sabor muy exquisito:
Colorista y jaranero.
Es de prosapia y torero,
Refrescante y muy bonito:
Ya conoce el mundo entero
Al delicioso abanico.
Como cosa interesante
El se luce con decoro,
Ante multitud de gente
En tarde de sol y toros.
Ellas mueven su abanico
Elegante y con sapiencia,
Y cambiándolo de sitio
Para que bien se le entienda.
Yo a estas lindas señoras
Después de lo mucho escrito,
Ellas serán desde ahora:
Las damas del abanico.
¿-Y que me dices abuelo de este maravilloso binomio de caballo y toro, que siempre fue conocido en nuestro luminoso territorio durante milenios? - Hoy muchacho, eso constituye una especial atracción por la que somos conocidos en el mundo; con la especial diferencia, que en aquellas ancestrales épocas estos equinos pastaban en completa libertad y en estado semisalvaje, solo era necesario desbravarlos y adiestrarlos para utilizarlos en las labores de la tierra: de forma muy rudimentaria, como es obvio entender. Al recio y gallardo caballo ibérico, le debemos todo el desarrollo de nuestra espléndida agricultura. Era de una belleza admirable y alegre, la contemplación de aquel conjunto de yeguas que el cabestrero alegra con sus cánticos (Las tonás de la trilla) mientras trituran la parva, faenas camperas que con rudeza se han venido utilizando hasta la llegada de la mecanización. - Pero según tengo leído querido abuelo Justino, en aquellos tiempos pasados, esos rudos trabajos que hoy la máquina realiza, eran los hombres los encargados de ellos, y por tanto, el esfuerzo físico era titánico. Ante este panorama, al pueblo miserable solo de dejaban las migajas y las fiestas más rudimentarias.
– Es cierto mi querido nieto, pues además de todas estas manifestaciones con las que el pueblo llano se regodeaba, existían otras más sofisticadas que la clase poderosa utilizaba, los que como siempre de alguna forma han tratado de apartarse de la plebe. Uno de los juegos más extendidos era el tiro al pichón, que al igual que en nuestro tiempo y reemplazando a la escopeta, ellos utilizaban venablos o flechas lanzadas con arco, pues con posterioridad ya se usaba la honda de esparto o cáñamo, sistemas en los que eran verdaderos diestros; apoyados por los servidores de turno, que como siempre les facilitaban el correspondiente material.
De la misma manera lo hacían con un gallo que colgaban de un madero, arrojándole dardos desde una prudencial distancia hasta causarle la muerte. Estas prácticas tan deshumanizadas, se han venido utilizando durante milenios, y con ligeras diferencias hasta nuestros días. Es quizás por ello, que el pueblo influenciado por tan desproporcionado sistemas y mostrando su congénito masoquismo, siempre presenció estos espectáculos con la mayor naturalidad. Una prueba evidente de ese desprecio a la vida de los animales, la podemos comprobar y recordar como, hasta hace muy poco tiempo en algunos pueblos de España y desde la torre de su iglesia, arrojaban animales al vacío con el beneplácito de todos los lugareños, que insensiblemente contemplaban como su victima se estrellaba en el suelo. Todos estos desafueros, necesariamente nos da motivos a recordar el cruel ensañamiento que el pueblo ha empleado siempre con el noble animal, bello y genuino representante de nuestra España, que es el toro bravo. Han existido y todavía se practica, numerosos métodos para mortificar a tan gallardo rumiante.
En principio se le mutilan sus defensas recortándoles sus agudas astas y en su lugar son embolados, agregándoles en algunas ocasiones un hachón incandescente y atado a una larga maroma, por cuya causa el pobre animal se siente totalmente indefenso e impotente. Después de todo esto y en muchos lugares, son asaeteados brutalmente hasta causarle la muerte.
Afortunadamente en nuestros días todas estas series de cosas, mediante un largo proceso educativo, parece que se están suavizando, pues es muy lamentable que en el mundo seamos conocidos y criticados por todas estas barbaridades. En Jerez y en siglos pasados, era todo un acontecimiento la celebración de las corridas de toros, pues las calles adyacentes a la plaza de toros y en el centro de la ciudad, se llenaban de un enorme gentío a la salida y entrada del espectáculo, solo para presenciar el paso colorista y deslumbrante de las calesas portando a los toreros ataviados con capotes y el terno de torear, además de muchos coches enjaezados repletos de bellas mujeres ataviadas con mantones de Manila y la clásica mantilla de blondas: un auténtico cuadro colorista y deslumbrante Era todo un contraste, que no dejaba de ser luminoso, la presencia en esos momentos de la clase humilde, ellos con sus trajes de rayadillo, y ellas con sus faldas de percal y el delantal de brillantes colores ribete-ados de encajes; indu-mentaria que el pueblo de abajo, solo utilizaba en días destacados y de ceremonias. Este pue-blo, que su economía no le permitía asistir a tan brillante espectáculo, conformista y adaptable pacientemente esperaba la salida de los toreros cuando en una tarde de gloria y triunfo, salían de la plaza a hombros de la multitud.
Los toreros, muchos de ellos, fueron hombres salidos de la miseria y, que no por ello dejaron de mostrarse con entera dignidad. Pero otros en determinados casos, para salir de su profunda indigencia no dudaron en arrostrar el más espantoso ridículo, prestándose a ser marionetas de los potentados y payazos de todas las clases sociales. Todavía en nuestra ciudad recordamos algunos personajes populares, los que por sus especiales maneras y su gran sentido del humor, han pasado a la posteridad. Aquellos especiales toreros, por llamarlos de alguna forma, como fueron: “El Platanito,” el que se presentaba con una desgarbada figura y un viejo terno de torear de color amarillo, y siempre huyendo de la vaquilla. “El Reolina,” llamado así porque liado en el capote, no paraba de dar vueltas ante el astado, provocando la risa de la nutrida concurrencia. “El Alicate,” torero muy diestro, pero con un cuerpo deforme pequeño y encogido, que solo su presencia provocaba la hilaridad. “El Cerillo,” “Macanudo” y algunos más, todos ellos con sus especiales características, los que después de ser volteados y zarandeados por el becerro de turno, eran sacados a hombros de forma jocosa por sus incondicionales para depositarlos en la fuente de la Plaza de Aladros, recibiendo un reconfortante chapuzón: donde al traje de luces se le apagaban todas las velas A pesar de ello hay que convenir, sirviéndonos quizás estas manifestaciones para aplacar nuestras conciencias, que en todos las países europeos se han puesto en práctica numerosas acciones, a veces más degradantes y pecaminosas.
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