Francisco Camacho y Vivar

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Jerezanos

FRANCISCO CAMACHO Y VIVAR


Artículo obra del Dr. D. Manuel Ruiz Lagos


Retrato del Venerable Francisco Camacho (Grabado de E. Boix, 1828. Iconografía Hispana. Biblioteca Nacional de Madrid).

Francisco Camacho y Vivar (Jerez de la Frontera 03.10.1629 – Lima 23.12.1698). Religioso. Venerable. Bautizado en la iglesia de San Dionisio el 21.05.1630 por D. Fernando Ponce, padrino D. Francisco Domínguez. Vecino de la llamada calle de San Cristóbal. Fueron sus padres D. Lázaro Rodríguez Camacho y Doña María Vivar.


Perfil biográfico


Nació Francisco Camacho en el seno de una familia de labradores hijodalgos cuya situación económica debió ser desahogada por lo que de su apellido dicen algunos textos de la época, así las referencias que sobre los Camacho de Jerez aparecen en los relatos cervantinos. No obstante, su hagiógrafo el P. Domingo de Soria señala que era de humilde origen.

Fue labrador como su padre durante los primeros años de su juventud hasta que, voluntariamente o forzado de la necesidad u otras circunstancias, se alistó de soldado en el ejército, abandonando su hogar y su patria de nacimiento para no volver a ella más.

Su primer biógrafo, apoyado en las referencias tomadas de sus conocidos, lo describe así: “mozo de mucho valor y brío, propiamente español, de natural arrogante, estatura famosa, alto de cuerpo, bien formado, sin que le sirviese de imperfección ser membrudo y fornido. De buena cara, el rostro abultado, frente espaciosa, grandes los ojos, gruesos los labios, nariz bien sacada, manos fuertes, el talle con arte de labrador, infatigable o de militar invencible”.

Cuando se realiza esta descripción se le suponen veinte y tres años. En fechas inmediatamente anteriores habría participado en la Guerra de la sublevación de Cataluña (1640-1659). Contienda ésta conocida como el previo “Corpus de Sangre” o “Guerra dels Segadors” en la que debió intervenir antes, con apenas diez y ocho años, alistado en la tropas regulares de Felipe IV. Por las referencias que se conservan, estuvo presente en la defensa del sitio de Lérida contra la ofensiva del General francés Harcourt, hechos ocurridos en 1646, a las órdenes del gobernador Brito.

De esta acción, con crédito de buen soldado y hombre de valor, se enrola en las galeras de España en los puertos de Cartagena, Gibraltar y Cádiz. En este último le aconteció un suceso desgraciado que puso su vida a las puertas de una muerte afrentosa. Se sabe que estuvo sentenciado a muerte y al pie de la horca, aunque se desconocen los motivos. Por intercesión de un caballero que se desconoce le fue dispensada la sentencia y puesto en libertad.

Se embarca en el patache “Margarita”, navío de la carrera de Indias, con plaza de sargento, con destino a Cartagena de Indias, ciudad en la que enferma y cura en el Hospital que la Orden de San Juan de Dios regentaba allí.

Liberado del servicio de las armas y recuperado de la enfermedad, penetra en el reino de Nueva Granada y en la provincia de Quito. Desde allí se dirige a la ciudad de Lima y se emplea de administrador en la Hacienda de Copacabana. Durante tres años permanece como gestor en el valle de Carbaillo pero –como dice su hagiógrafo- “por su natural, demasiado entero y condición bastante agria, no se avenía bien en el gobierno de los negros”.

Grabado de la Lima virreinal. Plaza Mayor.

Busca nueva fortuna y recorre las provincias de Bombón, Nuevo Potosí y Conchucas. Su nombre llega ser conocido en toda la zona como el “valiente” de Copacabana. Hostigado por sus inquietudes y cansado del equilibrio inestable de su azarosa y aventurera vida, regresa a la ciudad de Lima.

Cuentan las crónicas que, llegado Camacho a Lima, se hospedó en una de las hosterías existentes en la plaza del Mercado o “Baratillo”. Es tradición que fue aquí favorecido por Dios con los primeros preludios de su futura conversión. Estando durmiendo una noche, despertó repentinamente, sintiéndose herido de un vehemente temor que le hizo salir precipitadamente al patio, donde vio una columna resplandeciente en el aire, tan cerca de la tierra que pensó poderla coger con las manos, pero no pudo porque se le huyó.

Era éste, sin duda, el presagio de su encuentro con quien hacía de la plaza del “Baratillo” escenario de evangelización y predicación, alguien que sería catalizador y guía de la profunda transformación que iba a sufrir Camacho, el padre jesuita Francisco del Castillo.


El magisterio del P. Castillo

Predicación del P. Castillo. Al fondo, la Cruz del Baratillo. Óleo de A. Pittó Frías.

El Padre Castillo nació en Lima en 1615. Novicio jesuita en 1635. Pronunció sus votos finales en la Compañía de Jesús en 1650. El 10 de marzo de 1648 comenzó su actividad evangelizadora en la Plaza del Baratillo de Lima portando una Cruz.


Dirigió, fundamentalmente, su predicación a la catequesis de negros e indios a los que instruía con novísimos métodos pedagógicos tales láminas pintadas para explicar la doctrina católica. Igualmente, fueron famosas las conversiones que llevó a cabo. Contribuyó en 1651 a la fundación del Hospital de San Bartolomé para negros horros o libertos.


Regentaba la Capilla de Nuestra Señora de los Desamparados en la que fundó la Escuela del Santísimo Cristo de la Agonía. Fue éste el lugar frecuentado y definitorio en la transformación espiritual de Francisco Camacho, donde Castillo impartía oraciones y charlas espirituales, algunas claros precedentes de las costumbres cuaresmales limeñas.


Auténtica Cruz del Baratillo del P. Castillo, tal como se venera actualmente en Lima.


Falleció en Lima en 1673. Sus restos reposan en la Basílica y Convento de San Pedro de Lima, al lado de la actual Cruz del Baratillo. Reconocido como Venerable por la Iglesia Católica, su Hermandad se reúne el día once de cada mes, tras la misa celebrada en su honor.


A este santo predicador escuchó un domingo el jerezano y, fulminado por su palabra, decidió ponerse bajo su dirección espiritual. A él narró toda su vida e inquietudes y los comentarios del último sermón que le había escuchado. Castillo le aconsejó iniciar ejercicios espirituales en el Noviciado de la Compañía bajo la dirección del P. Alejo Ortiz, consejo que Camacho se dispuso a llevar a la práctica no sin antes efectuar una confesión general.


Favores divinos


Efigie de la Virgen de la Antigua de la catedral de Lima.

Muy pronto se le comenzaron a manifestar los favores del cielo. La primera vez ocurrió en la catedral primada de Lima ante el altar de la Virgen de la Antigua. No le era desconocida esta efigie mariana, más aun, formaría parte de la educación iconográfica que habría recibido en Jerez en su primera juventud.

A mediados del siglo XVI -sobre 1545- a petición del Cabildo catedral limeño, el arcediano de la catedral de Sevilla D. Juan Federegui hizo sacar una copia de la imagen de la Virgen de la Antigua existente en la catedral andaluza con destino a la homóloga peruana. La pintura, de similares dimensiones a la sevillana, fue enmarcada en plata y colocada, durante el pontificado del arzobispo Santo Toribio de Mogrovejo (1538-1606), en la capilla del trascoro en un delicado retablo espléndidamente tallado y dorado.

Durante el Virreinato fue costumbre que la colación de grados universitarios se realizase ante el altar de la Virgen de la Antigua. Por esta razón la Universidad limeña de San Marcos la tomó como Patrona, teniendo a su cargo el mantenimiento y decoro de la capilla, así como la organización de su fiesta cada cinco de agosto.


La devoción a la Antigua no fue en ninguna época exclusiva de una clase o categoría social. Se conoce que, también, una cofradía de negros rendía culto a la virgen sevillana.

Iglesia de los Santos Pedro y Pablo de Lima.

En cualquier caso-comenta R. Vargas Ugarte- “según constante tradición, a esta imagen le profesó singular amor el Venerable Fr. Francisco Camacho, religioso hospitalario, nacido en Jerez de la Frontera en 1629 y venido al Perú como militar, donde –como al fundador de su Orden- le atrajo Dios a sí, por medio de un varón santo, el P. Francisco del Castillo de la Compañía de Jesús. Con su vida penitente y santa fue, por espacio de treinta años, la edificación de toda la ciudad de Lima. Este insigne varón recibió de la Virgen de la Antigua muchos favores y-en especial- uno muy notable, a raíz de su conversión” (“Historia del culto de María en Iberoamérica”. Madrid, 1956, T. II, pp. 176-177).

La visión que inicia la vida de intensidad espiritual de Camacho es contada de este modo: Entró el jerezano un día de fiesta a oír misa en la iglesia catedral y no hallándola tan pronto como deseara, al pasar por la capilla de Nuestra Señora de la Antigua, levantó los ojos a la imagen y le dijo: ¿Es posible, Madre y Señora mía, que no ha de haber misa en tu altar? Al punto, oyó esta voz: Espera, hijo, y tendrás misa.


Patio del Hospital Real de San Andrés de Lima donde estuvo internado el V. Camacho.

Buscó, en vano de dónde llegaba la voz y, de pronto, observó que, bajando el Niño Dios de los brazos de su Madre, ya con estatura y proporción de treinta y tres años y revestido con ornamentos sacerdotales, se puso a decir misa en el mismo altar. Le ayudaban los evangelistas Mateo y Juan, los cuales le ofrecieron beber del mismo cáliz consagrado.


Cuenta la tradición que Camacho, arrebatado de amor de Dios, y no pudiendo contener la alegría que le embargaba, salió a la plaza con ademanes y movimientos de un hombre fuera de sí. Repararon en él los niños y comenzaron a gritarle: “al loco, al loco”, tirándole piedras y tierra. Corría como un embriagado y era mofado con palabras despiadadas e irrisiones. De esta manera, le persiguieron los niños de escolta de juguetona infantería hasta su casa.

Camacho oraba de continuo, se pasaba las horas en los templos y llenaba con altas preces los deberes de religión. Estaba por ocurrir otro portento premonitorio.


La "loquería" del Hospital Real de San Andrés de Lima. Local en trance de desaparición.

Concurriendo otro día a la iglesia de San Pedro y San Pablo, titular del Colegio Máximo de la Compañía de Jesús, estaba predicando su maestro el P. Francisco del Castillo. Fue escucharle y – nuevamente- estar poseído por ardor espiritual. Saliendo de la iglesia, arrojó su capa y sombrero y comenzó a gritar de entusiasmo. Al verlo de tal guisa, los cercanos estudiantes gritaron: “al loco, al loco”. Una continua lluvia de piedras y tierra lo cubrió, de momento, por todas partes.


Contemplado por personas de distinción y cordura, se condolían de la desgracia que parecía aquejarle y de la que él se mostraba ajeno. Camacho era herido de piedras, maltratado, perseguido, escarnecido y estimado como loco. Absorto en su trance, se hincó de rodillas frente a la iglesia, a la vez que gritaba y se arrojaba en tierra. Gemía, lloraba, suspiraba y entonaba a gritos el “Miserere”.

La gente, admirada de los vivos contrastes entre cordura y locura, intentaba auxiliarle y, finalmente, ayudado por dos personas caritativas fue llevado al Hospital Real de San Andrés, especializado en el tratamiento médico de la locura.


Entregado al mayordomo y enfermeros del hospital, le fue aplicado un tratamiento de agasajo y blandura. Viéndose – dice su hagiógrafo- bien tratado, con buena cama, y alimentos de sustancia, prosiguió en sus acciones como verdadero loco. Los enfermeros, cansados de asistirle, advirtiendo que proseguía en su extraña locura, decidieron aplicarle por medicina la tradicional prescripción de azotes. Camacho, advirtiendo sus cardenales y verdugones, rebosaba por conseguir con su fingimiento la gloria de su dicha espiritual.

Cristo de la Buena Muerte de la iglesia de San Pedro de Lima ante el que predicaba el V. Castillo y oraba el V. Camacho. Imagen atribuída a J. Martínez Montañés.

Sorprendía a los feroces enfermeros pues, mientras recibía el castigo por medicina, les lanzaba estas lacónicas reflexiones: “Más crueles sois conmigo y los demás locos, que caritativos con los otros enfermos. El desvelo con que procuráis azotarnos y castigarnos fuera mejor y más acertado lo emplearais en asistir a los miserables enfermos, que, además de sus dolencias, padecen la mayor que es la de vuestra omisión y olvido. No sé en qué se gastan tantas rentas y tan gruesas cantidades de dinero que los piadosos católicos Monarcas han dotado este Hospital para curar con solicitud y caridad los pobres”.

Dice la historia que Camacho recibió en visión la visita de San Juan de Dios - sufridor de la misma experiencia- del cual recibiría el consejo de no extremar por contento aquel castigo de azotes. Por todo lo ocurrido solicitó, de nuevo, el consejo del P. Francisco del Castillo.

Habiendo acudido éste y admirado el maestro de la docilidad y humildad del, en otro tiempo, llamado el “valiente” de Copacabana, le ordenó que cesara en su devoto fingimiento y lo emplazó a una entrevista en la casa profesa de los Desamparados en donde se trataría de lo más acertado para su servicio religioso.

Obedientes - no sin recelo- los enfermeros de dar libertad al fingido loco por orden del P. Castillo, se aprestaron a ponerla en práctica. Causaba admiración contemplar cómo aquel que fuera una furia horas antes no sólo se alegraba de su recobrada libertad, sino que con toda solicitud se convertía en ángel consolador y cuidador de los enfermos. Camacho se movía allí como si aquel hubiese sido siempre su centro natural.


La elección de estado


Iglesia de la Merced de Lima.

Con el consuelo –dice su historia- de haber tolerado por amor de Jesucristo aquella que el mundo tenía por locura, salió de aquel hospital dirigiendo sus pasos a la casa profesa que fue de la Compañía de Jesús, lugar donde residía su maestro. Hubo entre ellos un profundo coloquio en el que trataron de su elección de estado y gobierno de su espíritu.

Proseguía Camacho la ejecución de los santos ejercicios y ocupaba sus días y aun sus noches en prácticas devocionales. Asistía devotamente a la capilla de la Virgen de los Afligidos donde no era extraño que su espíritu alcanzase visiones celestiales. Se cuenta que, estando un día expuesto el Santísimo Sacramento a la adoración de los fieles, vio sentado al pie de la custodia un Niño de extraordinaria hermosura y volviendo con reflexión a verla, observó al mismo Niño en la hostia.

Aconteció otro día que, asistiendo a misa en la capilla de la Virgen de la Concepción de la iglesia de San Francisco, fijando su atención en la imagen del Santo Cristo allí expuesto, tuvo la visión intelectual de la sangre que le manaba del costado.

Con todo lo sucedido, advertía Camacho su necesidad de profesar en religión pero padecía angustias y perplejidades por no acertar en la elección de su estado de vida en el que sirviese a Dios más perfectamente. Decidió, de nuevo, consultar con su maestro el P. Castillo y cuál no sería su sorpresa al advertir que le amonestaba que para servir a los pobres entrase en la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, lo cual tenía previamente anotado entre sus memorias en un libro que le mostró con estas palabras: “Francisco Camacho, religioso de San Juan de Dios”.

Faltaba, todavía, una señal celestial que declarase el acierto de la elección. Aconteció que, habiendo salido Camacho de la capilla de los Desamparados donde le había instruido su maestro, hacia el convento, a la altura del trayecto donde se ubica la iglesia de Predicadores, se le puso delante un mancebo que, más tarde, sería identificado como el arcángel San Rafael, guía y protector de la Orden hospitalaria.

Iglesia de Nuestra Sra. de los Desamparados de Lima en donde tuvieron lugar las entrevistas del V. Castillo y el V. Camacho. Foto de 1875. Fue demolida en 1939.

El joven le dijo: ¿Qué hay, paisano? ¿Pues de dónde es vuestra merced?, le preguntó Camacho. Yo soy de Santa Fe, le respondió el mancebo. Pues yo soy de Jerez, le contestó el siervo de Dios, ¿cómo seremos paisanos? También yo soy de Jerez, dijo el joven, y tenemos un negocio que tratar en el convento de San Juan de Dios. Pues, vamos, respondió Camacho. Marcharon juntos, conversando apaciblemente hasta llegar a la portería principal del convento de Nuestra Señora de la Merced, en donde desapareció el mancebo. Levantó los ojos Camacho, al tiempo que se le dibujaba en el aire la efigie de Cristo crucificado. Su reciente paisano le dejaba bien acompañado junto al templo de su Patrona, la Virgen de la Merced.

Suspenso por todo lo ocurrido y recobrándose lo mejor que pudo, continuó su viaje hasta el convento donde fue recibido con alegría por los religiosos que ya lo esperaban. Preguntando que cómo habían sido advertidos de su llegada, ellos respondieron que habían sido avisados por un mancebo. A estas palabras, Camacho, conmovido, cayó de rodillas ante un Crucifijo que había en aquella estancia. Era el día tres de octubre de 1663, siendo prior del convento Fr. Melchor del Carmen.

Transcurrido el año de noviciado, el jerezano formuló los votos de pobreza, castidad, obediencia y hospitalidad. Era el día cuatro de octubre de 1664, a los treinta cinco años de su edad, siendo General de la Orden Fr. Fernando de Estrella y comisario de la provincia Fr. Juan Ferrior.

Se le destinó a limosnero para el mantenimiento de los pobres convalecientes del hospital, ocupación que ejercitó hasta su muerte, por espacio de treinta y cuatro años. En este oficio, según palabras de la época, fue un jornalero fiel y puntual que proporcionaba a su convento cada año 5.000 pesos de limosnas para el sustento de los pobres. De manera que en todos los años que fue limosnero percibió su convento más de 90.000 pesos, excluyendo, además, el costo de una enfermería aseada y espaciosa, con treinta y seis camas que “más parecía hospicio de ángeles que hospitalidad de pobres”. Recinto del que no excluyó la adecuada decoración, haciendo pintar sus paredes con escenas de la vida del Patriarca San Juan de Dios.

Su actividad evangélica no se limitaba a esta única ocupación, recorría-además- la ciudad en ayuda de los necesitados y las horas que podían ser de asueto o descanso las empleaba en la oración y penitencia.

Parada y Barreto escribe que: “Este santo varón era un modelo de humildad y obediencia y de todas las cualidades de una virtud heroica. Tenía, al mismo tiempo, un talento natural, claro y espejado y una vivísima comprensión, de modo que teólogos y moralistas acudían a consultarle para los casos más difíciles y arduos en las cuestiones de doctrina sagrada y de conciencia. Se refieren multitud de hechos extraordinarios, hijos ya de su caridad, de su paciencia y de su lucidez de entendimiento y muchos de ellos no explicados satisfactoriamente, sino por una manifiesta voluntad de la Providencia”.

El Venerable Camacho, imagen devocional actual.

Dotado de los dones de clarividencia y profecía, anunció con antelación su muerte, la cual tuvo lugar en Lima el día 23 de diciembre de 1698. Fue enterrado al pie del altar en la misma enfermería de su convento. A su sepelio concurrieron todas las clases y representaciones limeñas, incluido el virrey D. Melchor A. Portocarrero, Conde de Monclova, dando testimonio de la santidad de Francisco Camacho y veneración por sus preciadas reliquias. Años después, sus restos mortales serían trasladados a la Catedral limeña, donde reposan muy cerca de la capilla de la Virgen de la Paz.

Desde entonces está considerado parte esencial del entramado antropológico social peruano del que forma parte junto a otros santos, beatos y venerables, tales como San Martín de Porres (1596-1639), V. Alfonso Massía (1644-1732) o Santa Rosa de Lima (1586-1617), de la que fue muy devoto.

Del amor que le profesó y profesa la ciudad de Lima, que no va en desdoro de su tierra de origen jerezana, es claro ejemplo la protestación que su biógrafo el P. Soria incluyó en su libro y que dice así: “Más que la ciudad de Jerez de la Frontera esta ciudad (de Lima) es de nuestro venerable Padre Camacho, pues con sus virtudes y obras maravillosas la hizo patria suya. En Lima habitó continuamente en el empleo de sus limosnas y ejercicio de su caridad más de treinta y cuatro años. En Lima dio insignes ejemplos de oración, humildad y mortificación. En Lima ejecuta prodigiosas obras, no menos en la curación que en el socorro de los enfermos. Luego, seguramente, Lima es su patria y –como tal- debe clamar, como hasta aquí lo ha hecho, por su culto y no cesar en postular a la cabeza de la Iglesia se sirva declararlo por bienaventurado”.


Grata memoria


Hagiografía del V. Camacho por Domingo de Soria, Madrid, 1833.

Fallecido Fr. Francisco Camacho, la fama de su santidad no demoró el inicio de su proceso canónico de santidad, el cual se principió el 10 de febrero de 1699. Los trámites ordinarios ocuparon los años de 1712 a 1721. La continuación, iniciada en 1721, tuvo sus hitos protocolarios en 1757, 1768 y 1778.


La reconstrucción de su virtuosa vida, al no existir documentos propios que- según se dice- quemó, partió del sermón fúnebre que el P. José Buendía S. I. pronunció en sus exequias y que fue impreso en Lima después de las primeras diligencias de beatificación., sin excluir los datos que se pudieran extraer de los autos procesales de canonización.


En 1778 el P. Fr. Domingo de Soria escribió su biografía básica, titulada “Portento de la Gracia. Vida admirable y heroicas virtudes del serafín en el amor divino, esclarecido con el don de profecías, el Venerable siervo de Dios Fr. Francisco Camacho”. Esta hagiografía permaneció inédita hasta que, en 1833, fue editada por el P. Fr. Juan de Dios Salas. La publicación fue dedicada al General de la Orden P. Fr. José Bueno.

Alegoría de la aparición del V. Camacho (Grabado de E. Boix, 1828).


Fr. José Bueno y Villagrán (1789-1850) era-también- jerezano y, por tanto, muy sensible a las cuestiones inherentes a Francisco Camacho. Parada y Barreto que, en su calidad de médico era un admirador de la Orden de San Juan de Dios, señala que fue éste quien impulsó la publicación de la biografía de Camacho, a la vez que procuraba activar su proceso canónico. El papa León XIII, el 1 de enero de 1881, declararía las virtudes heroicas del jerezano (Vid. J. L.Repetto “Andalucía, tierra de santos” Jerez, 1982, p.283).Su nombre aparece inscrito en el santoral diocesano de la actual diócesis de Asidonia-Jerez.


En homenaje y memoria del Venerable Francisco Camacho se incluye, finalmente, el epitafio que Fr. Domingo de Soria incluyó en su biografía. Dice así:



Epitafio

¿Quién es éste, que de lo profundo de la humildad sube por lo encumbrado al desierto como vara de humo, sin humo de soberbia, exhalando de las confecciones aromáticas de las virtudes la mirra e incienso de la oración y penitencia?

El V. P. Fr. Francisco Camacho que nació en Jerez de la Frontera el día 3 de octubre del año de 1629, aquél que, tocando los montes de Lima con la fuerza de una necesidad insaciable, de una maceración indefectible y de un amor llagado, hacía que humeasen.

Fundando esta sala de hospitalidad, sacándola en la tierra desde los fundamentos, sin fundamentos en la tierra y poniendo la providencia de las riquezas en la pobreza, trabajando contra la fuerza de la necesidad, sustenta, todavía, innumerables pobres como hacía vivo.

Y el año de 1698, a las dos de la mañana del 23 de diciembre, fue llevado de la tierra-como piadosamente se cree- y recibido en el cielo, donde ya sin lágrimas mira a los que lloran. Vivió, para deseo del pueblo, poco; para la edificación, mucho, y para la memoria, siempre.

Manuel RUIZ LAGOS


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