José Joaquín de Virués y Spínola
De JerezSiempre
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JOSE JOAQUIN DE VIRUES Y SPINOLA
Artículo obra del Dr. D. Manuel Ruiz Lagos
Perfil biográfico
Según su primer biógrafo, D. I. Parada y Barreto, inició su carrera militar como cadete de Guardias Españolas en 1786, sirviendo en el Regimiento Provincial de Ronda.
Las milicias provinciales eran instituciones dirigidas por la nobleza del país. Los reglamentos militares de 1734 y 1766 corregían los defectos de las antiguas compañías provinciales militares y habían modernizado su organización. Recibían el nombre de las ciudades y distritos de donde reclutaban su personal. Sus jefes y oficiales eran miembros de las familias más distinguidas de su demarcación. El Regimiento provincial de Ronda estaba integrado por treinta y cuatro jefes y oficiales y quinientos setenta y cuatro unidades de tropa. Estaba destinado en Cádiz y, tras el alzamiento nacional de 1808, se incorporó al Ejército de Andalucía.
Con la categoría de oficial veterano, adquirida en el regimiento de Ronda, interviene activamente en la denominada Guerra del Rosellón entre 1793-1795.
Esta guerra, también denominada de los Pirineos o de la Convención, era fruto de los acuerdos firmados contra la Francia revolucionaria por Gran Bretaña y España, patrocinados por el ministro Manuel Godoy. El combinado bélico español estaba compuesto por el ejército comandado por el General Antonio Ricardos y la flota angloespañola actuante a favor de los realistas franceses en Tolón y en la costa mediterránea.
En principio, el ejército de Ricardos venció en Truillás al General francés L. Dagobert infligiéndole a su ejército unas 6.000 bajas. Sin embargo, el ejército español, compuesto por unos 20.000 hombres, falto de apoyo, tuvo que retirarse no obstante haber vencido en Asprés. Finalmente, fallecido Ricardos en marzo de 1794, España, por la mano de Godoy, firmó con Francia la paz de Basilea en 1795, previo reconocimiento de la nueva República Francesa y la cesión de posesiones ultramarinas. El ministro español recibió por su controvertida gestión el título de “Príncipe de la Paz”.
Virués intervino en acciones y batallas de este conflicto, mereciendo en 1795, por méritos de guerra, el empleo de coronel.La relación entre Virués y el ministro Godoy iba a continuar.
En 1801, Napoleón conminó a Portugal a romper su alianza tradicional con Inglaterra. En estas pretensiones arrastró a España en virtud del tratado firmado en Madrid en el mismo año. Según el acuerdo, España declaraba la guerra a Portugal en el conflicto que sería denominado como Guerra de las Naranjas.
La campaña bélica apenas si duró poco más de quince días. El ejército español, mandado por el propio Godoy, ocupó una serie de plazas, entre ellas, Olivenza y su demarcación que sería la única recompensa a un conflicto que se zanjaría por la firma de la paz de Badajoz.
Virués asistió a la guerra de Portugal en ejercicio del cargo de Ayudante de Estado Mayor del Ejército. Terminada la corta campaña, fue ascendido a brigadier y nombrado Jefe de la Secretaría de Negocios del Real servicio, cerca del Príncipe de la Paz, distinción política que le asemejaba a encargado de negocios extranjeros.
En 1805 desempeña el cargo de Gobernador Militar de Motril y, al año siguiente, igual puesto en Sanlúcar de Barrameda, hasta octubre de 1808. En esta ciudad gaditana y como miembro de su Sociedad Económica de Amigos del País, publicó un poema laudatorio, expresivo de su amistad con M. Godoy (“Al Excmo. Señor Príncipe de la Paz, en el día de su nombre” Cádiz, s/f.). De él son estos versos:
| A celebrar el día Sobre todos insigne Desde el dichoso suelo ¿Cómo a tan grato impulso |
Vuelto de su misión y ya en plena Guerra de la Independencia es agregado al denominado ejército de la izquierda con operación en Extremadura. Asiste y es protagonista de la batalla de Gévora.
Aunque algunos historiadores consideran a esta batalla como episodio menor en los anales de la Guerra de la Independencia, no lo fue por sus demoledores efectos morales y psicológicos. Tuvo lugar el 19 de febrero de 1811 en el lugar de Gévora, lindante con Badajoz.
El mariscal J. Soult, a los efectos de ayudar al mariscal Masséna, a desbloquear su situación en Portugal, condujo una parte del ejército de Mediodía desde Andalucía a Extremadura, poniendo sitio a Badajoz.
El combinado angloespañol, mandado por el Vizconde Wellington y por Pedro Caro y Sureda, Marqués de la Romana, se aprestó a enviar un numeroso ejército en auxilio del cerco de Badajoz. Antes de operar, el Marqués de la Romana falleció víctima de un ataque de disnea, pasando el mando a Gabriel de Mendizábal. Éste, al parecer, hizo caso omiso de las instrucciones de Wellington y no atrincheró su ejército, ocasión que aprovechó el mariscal Soult para atacar con éxito al ejército español.
Las fuerzas francesas, comandadas por E. Casimir y J. Mortier, derrotaron al ejército patriota, causando más de 1.000 bajas y tomando alrededor de 4.000 prisioneros, mientras que sus bajas oscilaron sobre 400 hombres. La victoria permitió a Soult tomar Badajoz el 11 de marzo de 1811, permaneciendo en manos del invasor hasta el siguiente año.
Por el fallecimiento del Marqués de la Romana, Virués se vio obligado a mandar la segunda división en el frente de batalla. Fue hecho prisionero y trasladado a Madrid.
Lo que ocurrió a partir de este momento parece justificado así por Parada y Barreto: “Virués, como otros hombres importantes de aquella época, juzgó, equivocadamente, difícil la salvación de la patria por la continuidad de la guerra y se unió a los que creyeron servir mejor a su país aceptando la dinastía invasora, y en los momentos en que se halló prisionero fue uno de aquellos en que más resaltó el desaliento general y la pérdida de todo otro medio de salvación pública.
En esta creencia no vaciló en acatar en Madrid al gobierno intruso de José Bonaparte y desempeñó en él algunos cargos públicos que dieron lugar a su exoneración y a un período de larga suspensión en su carrera.
Su conducta patriótica estaba, sin embargo, sobradamente justificada en sus numerosos servicios durante la mayor parte de la misma Guerra de la Independencia, y luego que la efervescencia del entusiasmo patriótico de entonces hubo pasado lo suficiente para poder dar lugar a una reflexión más detenida, Virués obtuvo su rehabilitación militar y política”.
A partir de este momento se inicia la que llamaríamos travesía del desierto de Virués. Constatamos que en 1817 incoa su expediente de la Orden de Calatrava. En esos momentos estaba suspendido política y militarmente. A pesar de ello no estuvo ausente de los movimientos políticos que se avecinaban.
El aludido “Manifiesto” descubre algunos aspectos muy interesantes de la biografía de Virués. Argumenta que su presentación a los comicios, si obtiene plaza, es el mayor honor que un ciudadano puede solicitar sin empacho, porque en él se cifra el más alto testimonio público de la buena fama y reputación a que todo hombre bueno debe sacrificar su existencia moral y física.
Justifica su presentación electoral por el distrito de Cádiz, demarcación de Jerez de la Frontera, basándose en su origen natural y en el hecho incontrovertible de haber desempeñado en el territorio, Cádiz y Sanlúcar, residencia y mandos y de haber “padecido bajo el pasado despotismo”. La finalidad del “Manifiesto” va dirigida a la memoria de sus compatricios “para que lo tengan por uno de los que deseando servir a la patria no son indignos de sacrificarse por ella”. Y agrega: “Los escaños del congreso nacional son las Termópilas de España, donde todo patriota debe desear morir por defender sus santas leyes”.
Suma a lo expuesto una serie de razones particulares que justifican su presentación a los comicios. Recuerda que el despotismo ministerial de 1814 lo exilió seis años de la patria. Subraya con fuerza que: “Por haberse sometido a la Constitución de 1808 (Bayona), cuando no existía todavía la de 1812 (Cádiz), por haber tenido opinión propia sobre el sistema que pudiera salvar a la patria bajo una constitución liberal, fue extrañado, difamado y desposeído sin audiencia ni juicio”.
Manifiesta que estando afectado por la disminución física que le impide seguir en su profesión militar, estima apropiado dedicar a su patria la capacidad moral que le resta. Apela al buen sentido de la ciudadanía para que advierta la situación gravísima en que se encuentra la patria para que deposite su soberanía en aquellos “que han jurado sin reservas la Constitución de 1812”.
El “Manifiesto”, aunque impreso en Jerez, está firmado por Virués el 1 de abril de 1820 en San Juan de Luz. La ocasión renovadora que invocaba el jerezano no le sería propicia y debió dedicar años futuros hasta despejar para sí un futuro más libre.
Será en estos años en los que redacte las obras que serán referidas más adelante. Elige la traducción de textos franceses como vehículos de sus ideas progresistas aplicadas a la regeneración de España.
Inicia la traducción de poemas religiosos, no sin sufrir intromisiones de la censura que le provoca, en 1827, incluso la quema de sus originales.
El 8 de marzo de 1825 es rehabilitado políticamente por Real Orden. Aun ha de esperar cinco años más para obtener el reconocimiento en el cargo y antigüedad de Mariscal de Campo, lo que ocurre por R. O de 10 de noviembre de 1830.
De 1832 a 1837 retoma sus actividades literarias y musicales, según se detalla en el apartado siguiente. Se involucró activamente en la creación y funcionamiento del Conservatorio Superior de Música de Madrid. El catálogo de sus obras es el que se incluye y analiza a continuación.
- La Enriada. En verso castellano, por D. José Joaquín de Virués y Espínola. Madrid. Imprenta de D. Miguel de Burgos. 1821.
Hecho histórico
Narra Virués: “Hacia fines del siglo XVI prorrumpió en Francia la Guerra Civil llamada “Guerra de la Liga”. La sostenían diferentes magnates del reino declarados enemigos de Enrique III y de Enrique de Borbón, rey entonces de Navarra, que debía ser y fue su sucesor en el trono de Francia. A las quejas y justas tachas de que era objeto el incapaz Enrique III supieron unir malignamente los caudillos de la Liga la razón de escándalo de ser Enrique de Navarra de religión protestante; con lo que ganaron y se adhirieron el fanatismo de muchos eclesiásticos, la influencia de España y Roma y el engañado celo de una gran parte del pueblo. Este Enrique IV de Borbón que ya coronado Rey de Francia venció y extinguió la Liga pacificando el reino, es el héroe o protagonista de este Poema”.
Juicio crítico
Virués, por encima del argumento del texto, encara su obra –producida, dice, en los intervalos de nuestra obligación- como un supremo ejercicio estilístico de traducción de un gran poeta. De un autor, Voltaire, cuyo nombre, dice, “disonante por desgracia entre las personas timoratas que no han podido leer sus mejores obras”, es un ejemplo en doctrina moral, filosófica y política, nada opuesto a la pureza de los principios de “nuestra sagrada Religión”.
Justifica un argumento que es todo un ejemplo para la modernidad. La historia de un Rey “a quien la posteridad, desinteresada y libre, reconoce como un modelo de virtudes políticas; de un Rey ciudadano, que se jactaba de su título de hombre bueno de París –(Bourgeois de París)- de un Rey que supo y osó preferir los verdaderos intereses de un pueblo, a todos los halagos del Despotismo, pacificando su patria y extinguiendo en ella la guerra civil; de un Rey, en fin, que recibió de la providencia el beneficio de reconocer y abrazar la Religión verdadera”. Es fácil advertir la crítica sutil encubierta contra el absolutista Fernando VII.Reconoce que el poema de Voltaire es un texto emblemático que supera a los clásicos de la épica porque se exige a sí mismo el principio de enseñar deleitando, procurando en todo tiempo no enajenar la imaginación. En este sentido, afirma, “jamás ha habido poeta que aventaje en el uso de este medio a Monsieur de Voltaire”.
Afirma que un argumento así se corona con la excelencia de usar una lengua precisa y clara frente a toda construcción enmarañada y arcaica. Este es el ejemplo que, como traductor, piensa seguir. A imitación de los clásicos españoles, Argensola, Lope o Garcilaso, propone un ejercicio poético de una locución discursiva “rápida, honesta, animada, clara, suave, sólo esforzada por la vehemencia y perceptibilidad”.
En un alegato sobre la modernidad poética, exclama: “La buena poesía se hace con la buena prosa, el ritmo y la rima; la mala con la mala y con las disonancias; la de ellos, que no es ni lo uno ni lo otro –(porque no es ni poesía ni prosa)- se hace con esos materiales rotos o informes de las ruinas, que no excitan a otra cosa que a suspirar y huir…La poesía, la expresión más simple, honesta, sonora y breve, es la más sublime y, por tanto, la más poética”.
Se excluye como juez y parte de la valoración del poema de Voltaire y sólo se exige ser un perfecto traductor. Orgulloso de la misión que se impone, apela a su tradición de identidad: “Sea lícito al traductor de la Enriada observar aquí con placer que la Andalucía ha producido los tres mejores traductores españoles de grandes poetas: Fray Luis de León( sic), D. Juan de Jaúregui y D. Francisco Javier de Burgos”.
La aparición de la traducción de Virués fue recibida por una extensa crítica del prestigioso periódico “El Censor” (Núm. 82, sábado 23 de febrero de 1822). El autor de la misma –posiblemente, el sevillano Alberto Lista- reconocía la oportunidad de la edición y comentaba: “La Enriada no es un poema épico en la parte de la elocución, sino un tratado histórico de política, adornado con cuadros, retratos y reflexiones morales, hermoseado con las brillantes ideas de un espíritu tan fino, tan cultivado, tan sabio como el de Voltaire y regado muy frugalmente con las flores propias del Parnaso”.
Otra cosa era el juicio que le merecían las novedosas opiniones de Virués sobre el arte poético. A diferencia del jerezano, afirmaba que “el poeta ha de darse a entender, pero no por esa razón debemos negar la existencia de la dicción poética, no por eso hemos de proscribir el uso moderado de las expresiones anticuadas y de los arcaísmos”.Respecto a los modelos de traducción mantenidos por Virués, el crítico de “El Censor” sostenía: “No son, pues, Garcilaso, Lope y Argensola los únicos modelos que poseemos de dicción poética, y aun Lope no sería bueno para ejemplar. En León, en Herrera y en Góngora podemos aprender nuevos y desusados giros que están admitidos en nuestra poesía, que constituyen nuestro lenguaje poético y que, en vano, buscaríamos en los tres que menciona el prólogo”
Con ello se iniciaba un profundo debate sobre teórica poética que el jerezano iba a mantener en sus libros futuros y que le colocaría en el ojo del huracán de la modernidad.
El poema épico “La Henriade” de Voltaire se publicó en 1728. Se constata en 1800 la primera traducción en verso español realizada por José de Viera Clavijo que permaneció inédita. Los honores de la versión del jerezano Virués fueron compartidos con la traducción de 1816 del afrancesado Pedro Bazán de Mendoza.
- La Compasión. Poema filosófico y moral, distribuido en cinco Discursos en verso castellano, por Don José Virués. Madrid, 1822. Imprenta de D. Miguel de Burgos.
Contenido
Argumenta Virués su deseo de mostrar un nuevo ejemplar poético que dignifique su lenguaje propio y sea provechoso a la juventud. Comenta: “El material que empleamos en estos discursos es casi todo sacado del poema de “La Pitié” del ilustre Delille, en la parte únicamente útil a nuestro propósito, es decir, al panegírico de la virtud de la Misericordia”.
Juicio crítico
Para esta traducción eligió el jerezano a un señero poeta francés controvertido en la Revolución.
Jacques Delille (1738-1813) alcanzó la fama por su traducción de las “Geórgicas” de Virgilio, acogida con gran entusiasmo por Voltaire, su único rival. Su fortuna durante la Revolución se debatió entre la libertad vigilada y el exilio voluntario, hasta su apogeo en el Imperio napoleónico. En 1803 publicó su poema en cuatro cantos “La Pitié”. De su lectura se deducía una enérgica condena de los excesos de la Revolución, expresando consideraciones muy duras sobre la esclavitud en las colonias.
Virués aprovechó la ocasión para exponer sus ideas ilustradas. Igualmente, procuró continuar su campaña de renovación del lenguaje poético, sin templar su diatriba contra los literatos que le increparon en “El Censor”.Constante en su opinión, dice así: “A continuación del poema ofrecemos a su examen y juicio crítico unas breves reflexiones sobre algunos puntos curiosos de literatura poética, que hemos creído útil y preciso que acaben de tener entre nosotros toda la claridad y fijeza que necesitan los elementos de todas las artes. Lidiamos contra fuerzas muy superiores, pero ¿qué debíamos hacer llamados a la arena y pudiendo ser útiles hasta con el instructivo ejemplo de nuestra derrota?
En su ataque al academicismo decadente, vuelve a expresar su seña de identidad: “Hacer mil versos cadenciosos pero insignificantes es tan fácil y disparatado como baquetear sonsonetes en un tambor y figurarse estar sinfónicamente modulando en el magnífico órgano de la catedral de Sevilla. Nombramos a Sevilla, no sólo porque somos y nos gloriamos de ser andaluces, sino porque el nombre de la capital de la Bética es y será ya para siempre el más glorioso en los fastos de la poesía castellana”
- Nueva traducción y paráfrasis genuina en romances españoles de los salmos de David, con notas sobre cada versículo del texto.
Madrid, imprenta de D. León Amarita, 1825. Tres tomos. Dedicada a Fernando VII.
- Nueva traducción y paráfrasis genuina de los cánticos del Antiguo y Nuevo Testamento y de los himnos de la Santa Iglesia, adaptada poéticamente a todos los géneros conocidos de metros y texturas musicales.
Madrid, imprenta de Yenes, 1837.
Justificaciones del autor
La extensa traducción de textos religiosos llevó a Virués aproximadamente una década de trabajo. Era una obra delicada que exigía especial licencia y que debió pasar por duros avatares de control, hasta la propia pérdida de originales, según dice, por un incendio consentido.
No oculta que le es imposible, como prometió, incluir en la edición el aparato de notas y comentarios: “por haberlas el mismo autor entregado al fuego, con cuantos papeles suyos y ajenos poseía relativos a aquella su obra, desde luego que en 1827 resolvió sacrificar a la paz todos sus derechos a defenderla legalmente”.
Confiesa el autor que ofrece la traducción de Cánticos y Salmos vertidos como obras sagradas y poéticas, esto es, clara, íntegra, fervorosa, simple pero poéticamente, para el más fácil uso y halago en la lectura y oración popular y doméstica.
Sostiene que ha tenido muy presente en la traducción los aspectos melódicos y musicales que respetan las distintas voces que intervienen en el discurso poético.
Finaliza afirmando: “El lector que por curiosidad guste de confrontar mi tarea con su original latino, me parece que hallará que ni una sola idea principal de ellos he omitido, al paso que no he dejado de configurarlos general y particularmente en términos que puedan lograr, como me lo propuse, satisfacer igualmente que a la devoción más escrupulosa al buen gusto literario”.
No debe resultar extraño que un ilustrado liberal se empeñe en la ingente tarea de traducir textos sagrados. La ilustración andaluza no reniega sino que respeta la tradición y la funde con sus ideas y propuestas. Otra cosa es su actitud frente al escolasticismo reaccionario al que ataca y al despotismo al que desprecia (Vid. Manuel Ruiz Lagos, “Cultura simbólica e ilustración andaluza”, Jerez, 1985).
- El cerco de Zamora. Poema de cien octavas en cinco cantos, seguido de un discurso crítico-apologético. Su autor el Excmo. Sr. D. José Joaquín de Virués y Spínola. Madrid, 1832. Imprenta de D. Miguel de Burgos.
Juicio crítico
La aparición de este trabajo literario de Virués en 1832 ofrece renovadas características. Su nombre luce restituido en sus honores y su contenido retoma la temática polémica que había usado en 1822. Virués ha sido rehabilitado.
Por encima del argumento histórico del poema aludido, del cerco de Zamora y de sus protagonistas, el jerezano aviva su interés por defender su nuevo concepto de la poesía. Lo hace en el apéndice, en su discurso apologético-crítico.
Comprende su discurso cinco secciones. En la primera trata del “modo” de juzgar en los concursos públicos de poesía. Aprovecha para censurar a la Academia de la Lengua por su actuación, precisamente, en la ocasión que había dado lugar a la redacción de su poema, al promover un concurso literario fallido.
La crítica, recogida en la “Revista Española” (Núm. 74, de 05.07.1833), hacía este juicio positivo de la obra: “Creemos que su poema y su discurso son, entrambos, cosas que deben hacer época en la literatura, tanto por su singularidad como por la nueva senda que abre atrevidamente al entendimiento humano…Reconocemos en su poema invención, armonía y toda la importancia del asunto”.
Aceptan todos que las opiniones literarias del jerezano impugnan los principios de la poética neoclásica y reconocen que apoyan los principios de la invención propios de la estética romántica. Virués defiende, igualmente, la necesidad de reconocer los elementos poéticos populares como integrantes de la poesía natural. Para argumentar estos presupuestos y para valorar la necesidad de incorporar la invención poética natural del pueblo a la construcción del estro general poético, pone un ejemplo tomado de su experiencia vivida en las tierras y pagos de Jerez:
“Un Lucas del Olmo Alfonso, vaquero (sin saber leer como todos) de la campiña de Jerez, mi patria y un Homero que sólo estudió lo que pensó y lo que vio mientras no fue ciego, eran poetas, como Lope de Vega, a pesar de sus escasos estudios, porque nacieron versificadores. El primero improvisaba sus admirables “corridos” (romances de ocho sílabas) en las gañanías de Jédula, Gibalbín y Algarabejo por las noches, mientras se cocía el ajo caliente en el invierno o se empapaba el frío en el verano. Toda su erudición profana eran los casos de ajusticiados guapos que oía en prosa a los que venían de la ciudad, y la sagrada consistía en algo de la pasión de nuestro señor Jesucristo, que entendía del sermón de las caídas que oía en la plaza del Arenal la madrugada de los Viernes Santos, único día que pasaba en poblado. De estos dos géneros quisiera yo tener y aun imprimir con notas la multitud de romances de tal compositor que me han hecho observar tantas curiosidades en materia de armonía lógico-rítmica en la poesía…
“Como en la música las originales estupendas “Tiranas” de mi difunto amigo el Intendente don Pablo de Huertos, que jamás supo no sólo poner por escrito, pero ni aun leer, una nota de la escala, ni medir un verso; y hacía, además todas sus preciosas letras (Cerco, pp. 115-116)”.
Para B. Rodríguez Gutiérrez: “ Virués no es, desde luego, un poeta romántico, pero tampoco un defensor de un Barroco envejecido. Su postura poética es definida y personal y está lejos de cualquiera de las escuelas de su época. En algunos aspectos es sorprendentemente moderno, como en su defensa del uso de la lengua normal como lengua poética y en su opinión que el uso, los nuevos conocimientos y el contagio con el extranjero enriquecen la lengua (“El antiarte poética de José Joaquín de Virués (1832)”, Rilce, Revista de Filología Hispánica, Vol. 28/1, 2002)”.
Para nosotros, más que aceptar la idea del anti-arte en Virués, creemos que nuestro autor es uno de los principales integrantes del movimiento “ilustrado-romántico”. Su principal principio teórico poético no es sino “moderantismo estético”, una forma peculiar de entender la libertad expresiva romántica que, vertida en el molde ilustrado, establece una novísima fórmula poética duradera, al menos, hasta la Revolución de 1868, momento crucial de las Rimas becquerianas. Su provocadora actitud coloca a Virués- por merecimientos- en la primera plana de la vanguardia ilustrada andaluza ( Vid. Manuel Ruiz Lagos, “Ilustrados y reformadores en la Baja Andalucía” pp. 179 y ss. Madrid, 1974).
- Cartilla armónica o el contrapunto explicado en seis lecciones, Madrid, Imprenta Real, 1825. Dedicado a S. M. la Reina.
- La Geneuphonia o generación de la bien sonancia música . Dedicada a la Reina María Cristina de Bordón, Madrid, Imprenta Real, 1831.
- Carta de José Virués a Ángel Villalobos, Madrid, 1827.
Comentario
La primera de estas obras musicológicas fue vertida al francés por el famoso traductor M. Núñez Taboada. Según los expertos, con ella se inicia el nuevo sistema de música que ha dado al nombre del jerezano celebridad en este arte.
La edición de la segunda obra aparece acompañada de una gran difusión europea. Según Parada, en ella Virués dio a conocer los fundamentos de la armonía musical, simplificando las teorías didácticas de este arte. El texto fue adoptado por las escuelas y conservatorios de Europa. Sus directrices sirvieron para crear-también- el Conservatorio de Música de Madrid.
Este Centro superior de Música fue creado por Real Decreto de 15.07.1830 y su primer director fue el cantante de ópera italiana F. Piermarini. El discurso pronunciado de inauguración fue compartido por Virués que, además, inspiró el Reglamento del conservatorio y colaboró, en su calidad de socio protector o “adicto de honor”, con la dirección.
El tercer texto, previo al gran volumen musical, como carta adjunta: “es una lección, única y necesaria, para componer correctamente la armonización o acompañamiento de cualquiera canturía, sea propia o ajena, sin tener el menor conocimiento del confuso e interminable arte antiguo del contrapunto”.
Epílogo
Falleció en Madrid el 15 de mayo de 1840.
En el libro de “Efemérides de Músicos Españoles” (1860), de Baltasar Saldoni, se recogen sus otros méritos y distinciones:” Caballero de las Reales y Militares Órdenes de Calatrava, San Hermenegildo, y San Juan de Jerusalén. Maestrante de la Real de Ronda. Académico de Honor de la Real de San Fernando de Nobles Artes. Presidente de la de Ciencias. Individuo de las Sociedades de Amigos del País de Motril y Sanlúcar de Barrameda. Adicto del Conservatorio de Música. Individuo de la Academia Filarmónica de Bolonia. Mariscal de Campo. Vicepresidente de la Junta de Instrucción General de los Ejércitos. Director General de Presidios del Reino”.
Su nombre, como militar, como literato y como músico, debería ocupar un lugar eminente –escribió Parada y Barreto- entre las celebridades e ilustraciones de nuestra patria.




